lunes, diciembre 01, 2014

Aterrada

por Luciano Doti

La niña quedó en mitad de la escalera, entre penumbras. Parecía que no se animaba a descender del todo. En la sala la esperaba uno de sus tíos; la madre insistía en inventarle ese parentesco a cada nuevo hombre con que se liaba. Solían ser del ambiente dark, se creían diabólicos. Pero éste lo era en serio. Lo constataba ella, cuando su progenitora iba a la cocina a buscar algo, y él le acariciaba las piernitas que dejaba descubiertas el corto vestido de algodón.

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domingo, noviembre 16, 2014

El caballo


por Luciano Doti

El lugar elegido para construir el edificio había sido un cementerio equino.
Los obreros comenzaron a cavar para los cimientos y se encontraron un ojo. El ojo pestañeó.
Sorprendidos, escarbaron con cuidado, y al hacerlo descubrieron un hocico. No había dudas de que era un caballo, el cual se movió como despertando de un largo sueño. Lo ayudaron a ponerse de pie, y se sacudió el polvo presente en su pelaje.
Nadie podía creer lo que veía. Aun en el caso de que hubiera estado vivo cuando lo sepultaron, ¿cómo podía haber sobrevivido bajo tierra?
Uno de los obreros, evangélico, mencionó a los caballos del Apocalipsis.
El caballo salió de allí galopando.

Publicado por primera vez en el Suplemento Hitchcock, de la Universidad de Navarra, 2013.
Relato ganador de concurso Microrrelato de Miedo. Navarra, España, 2013. 

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sábado, noviembre 01, 2014

Ella en la luz

por Luciano Doti

Algunas tardes de agosto traen con ellas una sensación de renacimiento. Con renovados bríos nos invitan a recorrer la ciudad bajo la cálida luz de ese sol tenue, aunque brillante, que nos cobija. 
Caminé sin rumbo durante unos veinte minutos, y es posible que durante un instante pensara en ella; el ver a esas otras damas circulando alrededor mío debe haberme predispuesto a recordarla. También imaginé que si tuviera la oportunidad de intimar con una sola de las damas en cuestión, me olvidaría fácilmente de ella. Pero se hace tan difícil… Es que se dificulta cuando uno no es la clase de hombre que va a entablar una relación profunda con cualquier mujer del montón que le dé oportunidad. Quiero decir, podría tener un flirteo con ellas, una relación ocasional, sexo. Sí, de eso no hay dudas; de hecho, a veces lo tengo. Pero eso no mitiga su ausencia. Lo que extraño de ella son las conversaciones, los intereses en común, incluso nuestros silencios. Eso es lo que resulta casi imposible de recrear.
La plaza se extendía allá, al otro lado de la calle que estaba por cruzar. Unos árboles frondosos y añosos cubrían de sombras la mayor parte. En otros sectores resplandecía el sol. El límite entre sol y sombra era difuso, ya que de vez en cuando ráfagas de viento sacudían las copas de los árboles, ocasionando un movimiento que se reflejaba en el piso. Eso me condujo a recordar una teoría cabalística que dice que el mundo en que vivimos es el reflejo de otros mundos que existen en un nivel más elevado. De igual manera, las sombras sobre el piso son dibujadas por la luz que, viniendo desde arriba, se filtra a través de las copas arbóreas que mece el viento. Claro que lo que llega aquí, a la tierra, no es el modelo original, ni siquiera una copia similar, tan sólo un reflejo vago de lo que sucede arriba.
Con todo, permanecí mucho tiempo ahí sentado, en un banco de esa plaza, tanto como para que el ocaso me encontrara todavía meditabundo con mis cosas. Entonces, bajo la tenue luz de ese crepúsculo de agosto, la vi a ella. 
Se encontraba algo alejada de donde me hallaba yo, pero no obstante, pude divisar su figura y adivinar el resto. Inmediatamente me puse de pie y caminé hacia ese sector de la plaza. Atravesé toda la parte central del espacio verde recorriendo senderos serpenteantes, llenos de bifurcaciones y giros; tanto que al llegar al otro lado, no la encontré a ella. Retomé hacia el centro de la plaza para subsanar mi error y tomar el camino correcto, pero esta vez me hallé envuelto por un bosque lúgubre, atiborrado de árboles frondosos y pájaros gritones. Desorientado en medio de ese inabarcable territorio, giré en rededor mío, sobre mis talones, escrutando el monótono paisaje que me rodeaba. Sintiéndome perdido, miré al cielo buscando respuestas.
Ahora el ocaso era ya historia, una luna fría reinaba en el firmamento, oculta en gran medida tras las ramas que, teniendo en cuenta la época del año, estaban inusualmente tupidas. Caminé un poco más eligiendo cualquier dirección al azar, y así pude divisar un claro. Allí, iluminada por la luna, estaba otra vez ella. Vestía un sencillo vestido blanco. Su piel lucía también blanca como la leche. Sus ojos negros estaban opacos. Su mirada era desangelada. Me acerqué a ella presuroso, casi corriendo, pero se evaporó en el aire. Cómo, es un misterio. De alguna manera debo haber quebrado la línea de espacio-tiempo para traerla a ella de regreso en ese lugar; pero al acercarme, la realidad palpable triunfó sobre la etérea. 
¿Acaso existe una manera de crear una realidad diferente a la que habitamos a diario? ¿Era yo capaz de inventar con la mente un agujero de gusano por el cual viajar en el tiempo? De ser así, ¿me encontraba yo en el pasado o la había traído a ella al presente? ¿Pueden nuestros pensamientos materializarse?
Ella se veía real, sus apariciones habían sido lo suficientemente reales; al menos, yo sentí como que ella estaba ahí, frente a mí. La emoción que experimenté al verla había sido concreta, con esa sobredosis de adrenalina, o endorfina, o qué se yo…
El lugar, la plaza, ya no era tal, aunque conservaba reminiscencias de ella mezcladas con aspectos de otros lugares; era un mix bastante particular, como sólo algo creado por la mente de uno puede serlo. La plaza se había convertido en un no-lugar, donde convivían imágenes del pasado y del presente, y laberintos imposibles, y una bella joven que, a pesar de estar muerta, se mostraba radiante desafiando las reglas de la física.
Dicen que ser una persona digna de recordar es una manera de alcanzar la inmortalidad. Esa noche, bajo la luz de la luna, juzgué que ella la había alcanzado. 

Publicado por primera vez en la audio-revista Conviviendo, 2013.

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jueves, octubre 16, 2014

El intruso

por Luciano Doti

Los perros vieron una luz potente en el campo y comenzaron a ladrar. Un raro espécimen apareció en medio del resplandor y caminó hacia el casco de la estancia. Alertado por los ladridos, el capataz salió a enfrentarlo. El intruso, advertido de su superioridad física, no se dejó intimidar; si el informe de inteligencia era correcto, nadie en la Tierra podría vencerlo en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero el informe contenía algunas omisiones; los terrícolas no peleaban siempre cuerpo a cuerpo, menos para defenderse del ataque de un desconocido en plena noche.
Eso lo supo cuando sintió que la munición del Remington le perforaba el corazón.

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miércoles, octubre 01, 2014

Pesadilla

por Luciano Doti

Estoy atrapado. El habitáculo que me contiene es estrecho y no tiene aberturas; de hecho, me cuesta respirar. Para colmo, me encuentro maniatado. De todas maneras, aunque pudiera zafar de mis ataduras, no podría ir a ningún lado. Se me ocurre que estoy en un féretro. ¡Oh, no! Mi peor pesadilla es realidad. Soy prisionero en un cajón de madera reservado a quienes han cruzado el límite que nos separa de la inmortalidad.
—¡Socorro! —no puedo hacer más que gritar, implorar ayuda. Me resulta imposible golpear la madera; la mortaja es tan ajustada como abrigada—. ¡Socorro!
Despierto con Dexter encima; es un perro fiel que me oyó gritar y acudió pronto. Tardo un instante en liberarme de la frazada que me tenía amortajado.

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martes, setiembre 16, 2014

Caperucita

por Luciano Doti

Una tarde, Caperucita Roja fue a visitar a su abuela, que vivía retirada en una cabaña del bosque, con la advertencia materna de que por ningún motivo dejara que la alcanzara la noche en ese lugar.
Como era algo distraída, se puso a recolectar flores y equivocó el camino, tomando uno más largo. Tanto demoró entre la longitud del trayecto y el tiempo perdido con las flores, que cuando llegó a destino ya brillaba la luna llena.
Dentro de la cabaña, su abuela estaba tendida en la cama y había sufrido cierto grado de transformación.
Caperucita no pudo reprimir un grito de horror, el cual fue oído por un leñador que esa noche, como tantas otras de luna llena, patrullaba el bosque.
El leñador acudió en su ayuda, ingresó a la cabaña justo cuando la abuela se lanzaba sobre su nieta y, munido de hacha, decapitó a la anciana.
Fue entonces que Caperucita perdió la inocencia. Supo la razón por la que su madre no quería que la alcanzara la noche en el bosque, y aprendió una nueva palabra: "licantropía".

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lunes, setiembre 01, 2014

Bromista

por Luciano Doti

Empezó a toser en medio del colectivo. Luego sacó una grabadora y dijo en voz baja, aunque de manera que los pasajeros más próximos a él pudieran oírlo:
—Día 9, el virus ha mutado. Necesito hallar el antídoto.
En la parada siguiente, se bajaron esos pasajeros. Él sonrió satisfecho. Siempre había sido un bromista.

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sábado, agosto 16, 2014

Pretérito incorrecto

por Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti

En la sombría cabaña, incapaz de desprenderse de un pasado tenebroso y vergonzante, recitó de memoria los nombres de los que había asesinado. Se le ocurrió que recordar era un valor significativo, que podía ser juzgado en positivo si se lo ubicaba en el correspondiente contexto. Pero no pudo evitar el fuerte deseo de repetir lo hecho, aunque todas sus acciones hubieran sido condenadas por la sociedad y sus normas éticas. Así que, ahí estaba él, sentenciado a cometer una y otra vez los mismos crímenes. Sintiendo la culpa y el remordimiento lacerantes por lo que había hecho y seguiría haciendo eternamente. Ese pretérito incorrecto, que se manifestaba en el presente y se proyectaba al futuro, era su merecido infierno.

Microrrelato a cuatro manos publicado en el Grupo Heliconia.

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viernes, agosto 01, 2014

Quijote

por Luciano Doti

La joven esperaba el colectivo al costado de una ruta, en una zona suburbana. Unos hombres nada buenos se acercaron a ella. Entonces, apareció Alonso Quijano, a caballo, y los puso en fuga.
—¿Cómo te llamás? —preguntó él, cuando quedaron solos.
—Dulcinea, ¿y vos?
—Alonso, pero me dicen “Quijote”.

Publicado por primera vez en la antología Porciones del alma. Diversidad Literaria, España, 2013.

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miércoles, julio 16, 2014

Abducido

por Luciano Doti

Román estaba confundido. No sabía lo que sucedía, lo que venía sucediendo desde hacía un tiempo atrás. Era una luz brillante, como uno de esos spots que se usan para iluminar a los artistas sobre un escenario. Tras esa luz, se encontraba en un ambiente de estética futurista, rodeado por una aparatología intimidante, y observado por un grupo de humanoides grises, cual enanos macro-encefálicos con ojos de mosquitos hiper-desarrollados.
Ellos lo cortaban a su gusto y placer, parecían poseer un dejo de sadismo. Él podía sentir el dolor, asistía inmóvil a su propia ablación sujeto a la camilla quirúrgica en la que se hallaba. Lo investigaban como si se tratara de una rata de laboratorio. Discutían entre ellos sobre su funcionamiento orgánico y sus reacciones espasmódicas que, en forma de actos reflejos, se manifestaban ante cada acción exploratoria. Quería escapar, ¡claro que quería! Con todas sus fuerzas intentaba levantarse de esa cama de tortura. Pero no podía, ninguna de sus extremidades respondía a su voluntad.
Oía el zumbido del torno y se recordaba a si mismo cuando niño en las sesiones odontológicas, por alguna carie que lo tuviera a mal traer; obvio que para que la comparación fuese más cabal debía agregar una sierra eléctrica, instrumental para cirugía torácica y multiplicar el dolor por diez. Después, volvía a ver la luz. Aunque exhausto, la contemplaba con alivio; ya que había aprendido, luego de varias abducciones, que ese fenómeno lumínico anunciaba el final; que tras esa luz despertaba en su cama, bañado en sudor, tembloroso y dolorido, pero sin cicatrices. Entonces venía lo más difícil: dilucidar si el incidente había sido real, si era uno de esos humanos que podían narrar en primera persona un encuentro cercano con criaturas del espacio, o sólo un hombre perturbado con pesadillas escalofriantes; dado que la inmovilidad de los miembros, además de ser denunciada por las supuestas víctimas de abducciones, es también una de las características de la etapa más profunda de los sueños.
Por lo general, las mañanas posteriores a sus abducciones solía faltar al trabajo. Luego se veía obligado a inventar alguna excusa para justificar su ausencia. Pero eso era necesario, no podía ser de otra manera, dado que si bien sus secuestros estelares duraban apenas unos pocos minutos en la Tierra, el tiempo transcurrido en el espacio exterior era mayor, como para medirlo en horas. De allí que quedara agotado, y sin animo de emprender una jornada laboral. Por otra parte, su natural estado de paranoia crecía considerablemente, y no se hallaba en condiciones de entablar relaciones normales con el resto de la gente.
Estaba seguro de tener un chip en alguna parte de su cuerpo, conectado a su sistema nervioso central; una suerte de transmisor que mantenía informado a los humanoides grises de sus actividades terrestres. Pero en qué se basaban ellos para decidir el momento de sus raptos era un misterio aún vedado para Román. De saberlo, intentaría controlar sus propios patrones de conducta para evitar realizar aquellas acciones que llamaban la atención de los captores, eludiendo de esa manera el rapto. Aunque también existía la posibilidad de que las abducciones se decidieran por causas ajenas a él, esto es obedeciendo a las necesidades de conocimiento de la comunidad científica alienígena; en caso de que el motivo de los secuestros fuese estudiar el funcionamiento y estado evolutivo del cuerpo humano, y no iniciar una colonización de nuestro planeta.
Los testimonios sobre alienígenas infiltrados en los estamentos más influyentes de la humanidad eran numerosos, aunque todos de dudosa veracidad. La mayoría de esos relatos hablaban de mestizos, híbridos de humanoides grises y hembras humanas. Al parecer, algunas de las mujeres abducidas, seleccionadas especialmente entre las más sanas, eran fecundadas con embriones creados en probeta, de manera que los bebés conservaran la apariencia humana pero tuvieran la inteligencia alienígena.
Eso abonaba la teoría de la colonización. Cuando leía esas historias, Román solía recordar que nunca había conocido a su verdadero padre.
También existían otros relatos, que hablaban de una nave comandada por seres de luz que sobrevolaban la Tierra dispuestos a salvar a unos pocos privilegiados durante el Apocalipsis, el cual se anunciaría con una seguidilla de catástrofes naturales tales como terremotos, maremotos, actividad volcánica…
Muchas de esas cosas venían sucediendo con mayor frecuencia últimamente, en el mismo período en que él había comenzado a ser perseguido por esa luz. ¿Sería señal de que el fin estaba cerca? Sólo sabía lo que veía a través de la ventana: gente con barbijos, y esas cenizas volcánicas que ahora empezaban a cubrir toda la ciudad.

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