Saturday, August 16, 2014

Pretérito incorrecto

por Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti

En la sombría cabaña, incapaz de desprenderse de un pasado tenebroso y vergonzante, recitó de memoria los nombres de los que había asesinado. Se le ocurrió que recordar era un valor significativo, que podía ser juzgado en positivo si se lo ubicaba en el correspondiente contexto. Pero no pudo evitar el fuerte deseo de repetir lo hecho, aunque todas sus acciones hubieran sido condenadas por la sociedad y sus normas éticas. Así que, ahí estaba él, sentenciado a cometer una y otra vez los mismos crímenes. Sintiendo la culpa y el remordimiento lacerantes por lo que había hecho y seguiría haciendo eternamente. Ese pretérito incorrecto, que se manifestaba en el presente y se proyectaba al futuro, era su merecido infierno.

Microrrelato a cuatro manos publicado en el Grupo Heliconia.

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Friday, August 01, 2014

Quijote

por Luciano Doti

La joven esperaba el colectivo al costado de una ruta, en una zona suburbana. Unos hombres nada buenos se acercaron a ella. Entonces, apareció Alonso Quijano, a caballo, y los puso en fuga.
—¿Cómo te llamás? —preguntó él, cuando quedaron solos.
—Dulcinea, ¿y vos?
—Alonso, pero me dicen “Quijote”.

Publicado por primera vez en la antología Porciones del alma. Diversidad Literaria, España, 2013.

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Wednesday, July 16, 2014

Abducido

por Luciano Doti

Román estaba confundido. No sabía lo que sucedía, lo que venía sucediendo desde hacía un tiempo atrás. Era una luz brillante, como uno de esos spots que se usan para iluminar a los artistas sobre un escenario. Tras esa luz, se encontraba en un ambiente de estética futurista, rodeado por una aparatología intimidante, y observado por un grupo de humanoides grises, cual enanos macro-encefálicos con ojos de mosquitos hiper-desarrollados.
Ellos lo cortaban a su gusto y placer, parecían poseer un dejo de sadismo. Él podía sentir el dolor, asistía inmóvil a su propia ablación sujeto a la camilla quirúrgica en la que se hallaba. Lo investigaban como si se tratara de una rata de laboratorio. Discutían entre ellos sobre su funcionamiento orgánico y sus reacciones espasmódicas que, en forma de actos reflejos, se manifestaban ante cada acción exploratoria. Quería escapar, ¡claro que quería! Con todas sus fuerzas intentaba levantarse de esa cama de tortura. Pero no podía, ninguna de sus extremidades respondía a su voluntad.
Oía el zumbido del torno y se recordaba a si mismo cuando niño en las sesiones odontológicas, por alguna carie que lo tuviera a mal traer; obvio que para que la comparación fuese más cabal debía agregar una sierra eléctrica, instrumental para cirugía torácica y multiplicar el dolor por diez. Después, volvía a ver la luz. Aunque exhausto, la contemplaba con alivio; ya que había aprendido, luego de varias abducciones, que ese fenómeno lumínico anunciaba el final; que tras esa luz despertaba en su cama, bañado en sudor, tembloroso y dolorido, pero sin cicatrices. Entonces venía lo más difícil: dilucidar si el incidente había sido real, si era uno de esos humanos que podían narrar en primera persona un encuentro cercano con criaturas del espacio, o sólo un hombre perturbado con pesadillas escalofriantes; dado que la inmovilidad de los miembros, además de ser denunciada por las supuestas víctimas de abducciones, es también una de las características de la etapa más profunda de los sueños.
Por lo general, las mañanas posteriores a sus abducciones solía faltar al trabajo. Luego se veía obligado a inventar alguna excusa para justificar su ausencia. Pero eso era necesario, no podía ser de otra manera, dado que si bien sus secuestros estelares duraban apenas unos pocos minutos en la Tierra, el tiempo transcurrido en el espacio exterior era mayor, como para medirlo en horas. De allí que quedara agotado, y sin animo de emprender una jornada laboral. Por otra parte, su natural estado de paranoia crecía considerablemente, y no se hallaba en condiciones de entablar relaciones normales con el resto de la gente.
Estaba seguro de tener un chip en alguna parte de su cuerpo, conectado a su sistema nervioso central; una suerte de transmisor que mantenía informado a los humanoides grises de sus actividades terrestres. Pero en qué se basaban ellos para decidir el momento de sus raptos era un misterio aún vedado para Román. De saberlo, intentaría controlar sus propios patrones de conducta para evitar realizar aquellas acciones que llamaban la atención de los captores, eludiendo de esa manera el rapto. Aunque también existía la posibilidad de que las abducciones se decidieran por causas ajenas a él, esto es obedeciendo a las necesidades de conocimiento de la comunidad científica alienígena; en caso de que el motivo de los secuestros fuese estudiar el funcionamiento y estado evolutivo del cuerpo humano, y no iniciar una colonización de nuestro planeta.
Los testimonios sobre alienígenas infiltrados en los estamentos más influyentes de la humanidad eran numerosos, aunque todos de dudosa veracidad. La mayoría de esos relatos hablaban de mestizos, híbridos de humanoides grises y hembras humanas. Al parecer, algunas de las mujeres abducidas, seleccionadas especialmente entre las más sanas, eran fecundadas con embriones creados en probeta, de manera que los bebés conservaran la apariencia humana pero tuvieran la inteligencia alienígena.
Eso abonaba la teoría de la colonización. Cuando leía esas historias, Román solía recordar que nunca había conocido a su verdadero padre.
También existían otros relatos, que hablaban de una nave comandada por seres de luz que sobrevolaban la Tierra dispuestos a salvar a unos pocos privilegiados durante el Apocalipsis, el cual se anunciaría con una seguidilla de catástrofes naturales tales como terremotos, maremotos, actividad volcánica…
Muchas de esas cosas venían sucediendo con mayor frecuencia últimamente, en el mismo período en que él había comenzado a ser perseguido por esa luz. ¿Sería señal de que el fin estaba cerca? Sólo sabía lo que veía a través de la ventana: gente con barbijos, y esas cenizas volcánicas que ahora empezaban a cubrir toda la ciudad.

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Tuesday, July 01, 2014

Por una cabeza

por Luciano Doti

Cuando yo era chico, ir a la cancha todavía era un programa que se podía decidir a último momento. Uno terminaba de almorzar y proponía a su familia o amigos ir al estadio a disfrutar ese espectáculo deportivo; no solía ser tan difícil conseguir entradas. Yo ese día fui con mi familia al Monumental.
Al llegar, estacionamos nuestro automóvil en el Barrio River de Belgrano; ya se imaginarán cuál es el equipo que íbamos a ver. Luego, caminando hacia nuestro destino, intentando sintonizar una audición que transmitiera el partido que veríamos, se oyeron unos versos del tango “Por una cabeza”.
En la entrada, un policía nos dijo que no estaba permitido ingresar portando la radio portátil con pilas por motivos de seguridad; debíamos dejarlas ahí, para descartar cualquier posibilidad de que una de ellas sea utilizada como proyectil contra la humanidad de alguno de los protagonistas. Así lo hicimos, ya que mucha chance de oponernos no teníamos.
El partido lo empataba River y se percibía una sensación de frustración indisimulable en el público. De la platea San Martín bajaba un murmullo que hedía a desaprobación. Hasta que hubo un corner, y un jugador de River, no diré quién para que todos estén representados en él, metió un cabezazo que puso en ventaja al Millonario.
El final nos encontró a los riverplatenses festejando. River Plate, el más grande, había ganado por una cabeza.

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Monday, June 16, 2014

Palometas

por Luciano Doti

¡Qué lindos pies tiene Valeria! Cuando los sumerge en la costa del río Paraná, se ven sensuales. Son blancos, como de alabastro, se acercan a la perfección.
Con el calor intenso que está haciendo en Rosario, puede haber palometas en el río; las cuales, al igual que las pirañas, devoran cualquier carne que hallan en el agua.
Valeria se introduce más en el río, quiere aplacar el calor agobiante que la aqueja.
Por la noche, los pies de Valeria ya habrán abandonado su cercanía con la perfección.

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Sunday, June 01, 2014

El alfil

por Luciano Doti

La reina es muy hermosa. Cada vez que estoy a su lado me imagino lo maravilloso que debe ser estar en pareja con ella. Ésa es mi condena: estar tan cerca de tamaña beldad sabiendo que desde el otro flanco vigila el rey.
Hay veces que me alejo un poco, y a la distancia, le dirijo una mirada en diagonal. Es que yo todo lo hago en diagonal.

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Friday, May 16, 2014

Los autos quemados

por Luciano Doti
Nuestras visitas a Villa Udaondo eran frecuentes allá por la década del 80. Mi familia y yo recorríamos sus calles de tierra aun en pleno verano, con el sol pegando sin piedad, a la hora de la siesta. El río de la Reconquista era una presencia próxima que se adivinaba al otro lado del cinturón ecológico; pocas veces nos acercábamos a él. La mayoría de los paseos que realizábamos consistían en caminar por el área conocida como “El Jagüel”. Mientras, las chicharras proveían un fondo musical que subjetivamente nos hacía sentir más calor. “Hay pan”, anunciaba categórica la pizarra de la única despensa. Lo mejor era cuando encontrábamos algún automóvil quemado, abandonado a la vera de cualquiera de esas calles; los chicos nos metíamos en él y simulábamos conducir, en el caso de que le hubiera quedado el volante. También existía la opción de darlo vuelta y usarlo como subibaja, una vez que nos aburríamos de jugar dentro.
Por aquel entonces, esa zona de Udaondo, cercana al puente Márquez, poseía grandes extensiones de campo en estado virgen. Los yuyales, donde los perros de raza indefinida se lucían como diestros cazadores de lauchas, cubrían la mayor parte del paraje. Uno podía andar varias cuadras sin cruzarse con ninguna persona. Incluso resultaba más fácil ver gente a caballo que a pie. Y ahora que hablo de “a caballo”, la recuerdo a ella, cabalgando.
Era la pareja del hombre más rico del lugar. Notablemente más joven que él, tanto como para que hubiera comentarios al respecto. Los chicos la veíamos pasar al galope, montando como una amazona, y nos quedábamos en silencio; apenas compartíamos una mirada cómplice, inmersos en la estela de polvo que dejaba detrás. Era muy atractiva, y nosotros, hombres en potencia, lo percibíamos. Su edad debería rondar los veinticinco años. Dueña de una belleza agreste, de piel blanca y cabellos castaños, vestía jeans muy ajustados. La enorme quinta en la que pasaba los fines de semana junto a su concubino tenía piscina, y pese a que el cerco verde de ligustrina sólo permitía ver minúsculos fragmentos de su interior, cierta vez oí a unas mujeres envidiosas decir que la habían visto en tanga, con un tono de desaprobación en su voz. Creo que, secretamente, estábamos todos enamorados de ella.
Una de esas siestas de verano, salimos a dar nuestro habitual paseo. Desde lejos, al costado de una calle que atravesaba un sector en que los retoños de álamos superaban la altura de un hombre, divisamos un auto quemado. El vehículo tenía un diseño moderno para la época; un Ford Sierra que no olvidaré mientras viva. Intentamos una carrera hasta él. Corrimos entre risas, felices. Faltando poco para llegar, el que llevaba la delantera se frenó e hizo un gesto con su mano derecha pidiendo que lo imitáramos.
—Hay alguien —dijo.
Seguimos caminando todos en racimo. Pasamos por al lado del auto procurando guardar una distancia prudencial, dando una suerte de pequeño rodeo. Miramos por la ventanilla y lo que vimos nos erizó la piel. Conmocionados, regresamos con los adultos que habían quedado rezagados. Les contamos exaltados lo que acabábamos de ver. Describimos escuetamente el horror, con un lenguaje elemental, de niños. Entonces, nos acompañaron a realizar una segunda inspección, la cual confirmó lo que habíamos visto en la primera: se trataba de un cuerpo carbonizado, sin vida. Al observarlo con detenimiento, nos percatamos de que era una mujer. Su ropa estaba chamuscada. No obstante eso, pudimos reconocer el jean ajustado, como así también unos jirones de cabello castaño.
El concubino fue preso. Dijeron las malas lenguas que lo habían perdido los celos, y con razón.

Publicado por primera vez en la antología Letras del Face 3, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2014.

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