lunes, febrero 01, 2016

La peste



por Luciano Doti

Martín Fierro y Cruz atravesaron buena parte de la pampa hasta llegar a las proximidades de una toldería en el desierto. Pese a que ya era de noche, la luna llena les permitió ver a un indio comiendo de una vaca que yacía junto a él. Se apearon de sus caballos y se acercaron con la intención de ser convidados al festín. Entonces, acortando la distancia, vieron que más que comer bebía su sangre. El indio no era sociable, tomó su lanza de madera y ensayó un tiro contra los gauchos; no tuvo buena puntería; furioso se abalanzó contra ellos. Fierro, diestro para el combate como para templar la vigüela, lo lanceó en el pecho, justo en el corazón. El indio murió atravesado por su propia lanza; al morir se hizo polvo ante la mirada atónita de la yunta de renegados.
Enseguida se encontraron rodeados por otros indios, los cuales los tomaron cautivos como se estilaba en esa época, para ofrecerlos como moneda de cambio en caso de que hubiera aborígenes prisioneros de los cristianos. Fueron llevados a la toldería, donde a los pocos días comenzaron a notar que una peste aquejaba a muchos de los que habitaban ahí.
Cruz cayó enfermo y murió. A Fierro se le permitió enterrarlo. En eso estaba, durante el atardecer, cuando vio a una cautiva, extraordinariamente blanca, que era trasladada de un toldo a otro.
La jornada siguiente, se las ingenió para volver a verla. De cerca la notó bella, la consideró una dama capturada en algún malón. Tanto ella como el indio con el que había pernoctado evitaban la intemperie en las horas diurnas.
La peste seguía avanzando sobre ellos. Los indios sanos culpaban a los cristianos por tal situación, los acusaban de cometer brujería.
Fierro se sabía inocente, pero estaba lejos de conocer la verdad. Ignoraba que la cautiva de origen chileno descendía de un antiguo linaje que, en tiempos de colonialismo español, había tenido en su país contactos con un noble transilvano vinculado a la Casa de Habsburgo; y era obvio que un gaucho nunca leyera a Polidori o Le Fanu.

Publicado por primera vez en la antología Entre lunas y soles, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2015. 

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sábado, enero 16, 2016

La mano



por Luciano Doti

A ella le gustaban las manos del pianista, sus dedos prolijamente cuidados y llenos de virtuosismo sobre las teclas del piano.
Cuando él enfermó, temió quedarse sin ellas; para entonces esas manos también le proporcionaban placer cada vez que contactaban con sus partes más íntimas.
Encontró un embalsamador que le pudo resolver ese problema y el de la caja de seguridad en Suiza, de la cual el pianista jamás le había confiado la clave, pero sabía que era posible abrirla con una huella dactilar.

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viernes, enero 01, 2016

La tanga

por Luciano Doti


Con él hacía tiempo que no usaba ropa interior tan pequeña. El erotismo era un recuerdo lejano.
Ese día recibió la visita de cierto amigo especial que conoció en una red social. Luego, cuando se marchó, quedó tan absorta en sus pensamientos que no oyó el auto del padre de su hijo ahora él era sólo eso.
Sí percibió sus pasos acercándose a la puerta de la habitación, y apenas tuvo tiempo de arrojar por la ventana esa prenda que hubiera despertado sospechas.

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miércoles, diciembre 16, 2015

Lo oculto del alma

por Luciano Doti


Ella tenía pesadillas. Extraños sueños en los que su cabello crecía más allá de su cintura. En su pelo ensortijado anidaban pequeñas cabezas réplicas de la suya. Esas cabezas hablaban, le comunicaban cosas que ella no quería ver.
Una noche se hartó y escapó a un bosque cercano. Allí la recibieron unas brujas.
—Te esperábamos, sabíamos que vendrías —dijeron—. Las partículas de tu alma hicieron su trabajo.
Ella las miró incrédula.
—Cada cabecita representa una parte de la tuya con cosas que no salen a la luz, pero al fin estás aquí para descubrirlas todas y entenderlas.
La bruja principal dirigió su mirada al cielo, el resto la imitó. Una luna llena y radiante iluminaba el claro en medio del bosque.
—Ha comenzado.

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martes, diciembre 01, 2015

Gekos


por Luciano Doti

Cada vez que se encerraba a escribir, Gregorio se metamorfoseaba en cucaracha. Por eso fue penoso que en ese barrio hubiera una gran cantidad de esos insectos, y que el municipio decidiera soltar un grupo de gekos que se alimentan de ellos.
Los gekos son unos simpáticos pequeños lagartos que se suelen ver caminando por las paredes de las casas. Los perros se entretienen observándolos, quedan obnubilados ante tales bichos.
No tengo nada contra los gekos, pero como amante de la literatura, extraño los cuentos de Gregorio.

Obra ganadora del 2° Premio Guka de Microrrelato 2015.

Guka: revista auspiciada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina.

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lunes, noviembre 16, 2015

El transmisor

por Luciano Doti, Javier López & Begoña Borgoña

Mi pensamiento, aunque coherente, es lento; así es mi raza. La pequeña esfera que rueda en nuestra cabeza tarda en recorrer el interior del cráneo y decodificar la información, pero funciona mediante procesos lógicos contundentes. En situaciones de emergencia, se activan células cargadas de mercurio, convirtiendo en rápidas nuestras reacciones. Las toxinas de la orina las reservamos, mezcladas con un líquido venenoso producido por la glándula ptotoriasa, en una vejiga debajo de las orejas y, cuando es necesario, lo expulsamos. Esto origina una oxidación rápida de nuestro organismo y, por tanto, tratamos de limitar el proceso. No obstante, como se sabe, el mercurio es considerablemente pesado, y esta razón ha llevado a un famoso y desaprensivo médico a poner en situaciones de toma de decisiones rápidas a sus pacientes. De esta manera provoca la afluencia y posterior eliminación del mercurio, método conocido como “dieta Dulcano”. El problema es que, conforme adelgazan, los sujetos envejecen y se vuelven estúpidos.
La mayoría de los habitantes con ese problema son jóvenes del género femenino; la obsesión por adelgazar las ha inducido a someterse a esa dieta. Por la lentitud que ha adquirido su sistema de transmisión de reacciones, ya no pueden vivir con el ritmo de la sociedad moderna y son exiliadas en un satélite cercano, donde reciben la visita de varios ejemplares que las eligen como compañía. 
Es que, tras un lifting corrector del envejecimiento, la delgadez las hace lucir muy atractivas.

Acerca de los autores:
Begoña Borgoña
Luciano Doti
Javier López

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domingo, noviembre 01, 2015

Akinetopsia

por Luciano Doti


Él reconocía estar obsesionado con ella. Veía sus imágenes una tras otra y por momentos oía su voz. La observaba en detalle, caminando delante suyo; había algo sensual en eso de verla cuadro a cuadro, cual fotógrafo que ametralla con su cámara.
—¿Por qué te has ido, Isabel?
—No me he ido a ninguna parte, Diego. Ahora, además de tu problema visual de verme como en diapositivas, estás loco.

Akinetopsia es la incapacidad para ver el movimiento: las personas que la sufren perciben el movimiento como una sucesión de imágenes fijas.

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