Monday, April 22, 2013

Ladrón de almas

por Luciano Doti

Sofía no había buscado ese desenlace. En el fondo, ella pensaba que nada de eso era real. No era más que una adolescente queriendo llamar la atención con su look de chica gótica, y con esas invocaciones de demonios.
Cierta noche, uno de esos demonios respondió a su llamada, y el alma de Sofía se perdió para siempre.

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Saturday, March 23, 2013

El pedido

por Luciano Doti y otros

Primera parte
Ludwig Boldov

Suena el despertador. ¿O no sonó todavía?
Abro un ojo y en mi atestada mesita de luz rastreo, busco a tientas el reloj.
Primero cae la billetera, luego el control remoto. La tapa y las pilas salen volando para todos lados.
Logro dar con el reloj y veo que todavía es temprano. En ese momento noto que estoy solo en la cama, pero no le doy importancia. Habrá ido al baño y estará por volver. Involuntariamente caigo otra vez en un sueño profundo, para despertarme sobresaltado. ¿Que hora es? Con el reloj todavía en la mano me fijo: 10:30.
Ahora sí que sonó el despertador y yo no lo escuché. Me levanto de un salto y me visto rápidamente para ir a trabajar. Pero con la corbata a medio anudar me doy cuenta de que es domingo y, más raro aún, estoy solo en casa. Ni mi mujer, ni mis dos hijos, ni siquiera el perro. Oigo los pájaros afuera en el jardín. Algún colectivo a la distancia y nada más.
Voy al comedor y arriba de la mesa me encuentro con un paquete y un papel que dice:
"Salí con los chicos a dar una vuelta y me llevé a Pipo. Volvemos al mediodía. Por favor, llevame este paquete a Carlos Sanabria 4728 2° J antes de las doce. Dejáselo a Cacho. Besos."

Segunda parte
Luciano Doti

Apenas tengo tiempo de tomar un café antes de salir raudamente hacia ese departamento de la calle Sanabria. Mientras camino hasta la parada del colectivo me pregunto quién será ese tal Cacho. Tiene apodo de tipo de barrio; no debe ser muy sofisticado. Pero seguro tiene mucho chamuyo y se cree un galán. ¿Qué tendrá que ver él con mi mujer?
Debo admitir que estoy celoso, y no es para menos: no todos los días te despertás con un mensaje de tu esposa que dice “llevale este paquete a Cacho”. ¿Tendrán una aventura? ¡Y yo laburando para pagar la hipoteca y la escuela de los chicos! ¡Y pensar que para hacer frente a esos gastos tuve que resignar el auto! Sí, por eso ahora mismo estoy caminando hasta la parada del colectivo.
Ya estoy en la parada. El colectivo no viene, tarda más que de costumbre. Claro, es domingo, la frecuencia se alarga los días feriados, y el anterior pasó justo cuando me desperté; lo había escuchado a la distancia. Sigo dándome manija con ese Cacho y mi mujer hasta que por fin viene el colectivo y me rescata un poco de ese pensamiento que taladra mi cabeza.
En el colectivo empiezo a mirar otras mujeres; en realidad es algo que hago siempre, pero ahora las miro de otra manera. Siempre las miro simplemente para recrear mi vista en su belleza, pero hoy las veo con más deseo, con la expectativa de tener algo con ellas. El solo hecho de imaginar que mi mujer pudiera estar teniendo una aventura me hace desear lo mismo, saborear la venganza.
Al llegar a la zona donde está emplazado el departamento de ese tal Cacho, bajo del colectivo y busco el edificio. Llego a la entrada, toco el portero eléctrico y, para mi sorpresa, atiende una voz femenina. Le informo el motivo de mi visita y ella me dice que ya baja a recibir el paquete. Mientras tanto, me quedo pensando en ella y en su voz.
Aparece tras la puerta de vidrio; viste ropa de gimnasia ceñida al cuerpo, tiene buenas curvas, se nota que frecuenta algún gym.

Tercera parte
Ludmila Couceiro

Mientras baja la vista y abre la puerta, la mujer esboza una sonrisa de bienvenida.
-Hola… Jorge, encantado – le doy la mano cortésmente.
-Jorgelina… ¿qué coincidencia, no? ¡Ji ji ji ji! – ríe como una niña, mostrando todos sus dientes.
Jorgelina me hace acordar un poco a Marisa. Marisa, la profesora de letras; la de la risa fácil, la de la ira súbita, la de los eternos conflictos de identidad, la de las lágrimas a mares ante la muerte de un padre autoritario. La que confrontó a mi mujer en pos de “nuestra felicidad”. Por suerte Inés me había perdonado y Marisa había tenido la delicadeza de dejarse desvanecer discretamente. ¿Qué habrá sido de Marisa desde entonces? Había pasado tanto tiempo…
Jorgelina se aparta de la puerta del edificio para dejarme pasar y adopta una actitud algo avergonzada. – Me vas a tener que disculpar… te dije que el paquete lo iba a recibir yo, pero cuando estaba bajando me acordé de que Cacho me dijo que sólo él lo podía recibir. Tuvo que salir, pero no creo que tarde mucho en volver. ¿Querés pasar a esperarlo?
Recuerdo las palabras escritas por Inés: “Dejáselo a Cacho”. Qué cosa extraña… ¿qué tendrá este paquete? ¿Por qué ella nunca me comentó nada de esto? ¿Y era tan sólo una casualidad el hecho de que ella se hubiera olvidado el celular en casa antes de salir? Pero ya estoy acá, y las curvas de Jorgelina me invitan a pasar.
-Bueno, dale, si no te es mucha molestia…
-Para nada, adelante.
Subimos las escaleras hasta el segundo piso sin pronunciar palabra. Es un edificio de categoría, moderno y minimalista. El aromatizante de ambiente es un poco empalagoso. Jorgelina encaja la llave en la puerta del departamento J y entramos.
Es un semipiso totalmente alfombrado en el que reina el buen gusto. Se nota la mano sutil de un decorador de primera, que sin duda se puso loco de contento cuando le confiaron la tarea de embellecer el inmueble sin reparar en gastos.
Pasamos al living. Jorgelina me señala un sillón.
-Por favor, tomá asiento.
-Muchas gracias.
-¿Querés tomar algo? ¿Un café?
-Ehhh… sí, un café estaría bien, gracias… ¿Tardará mucho Cacho? Es que tengo algunas cosas que hacer y…
-¡No, no! Quedate tranquilo que ya debe estar a punto de llegar.
Jorgelina se dirige a la cocina y al ratito regresa con una taza humeante. Me la tiende y desaparece por el pasillo que seguramente conduce a las habitaciones.

* * * * * *

Despierto de súbito. El golpazo seco de una puerta cerrándose en el corredor del piso aún retumba en mis oídos. ¿Cómo pude quedarme dormido? Miro alrededor. Todo se ve igual en el 2º J. Jorgelina brilla por su ausencia, al igual que Cacho. La única diferencia está dada por un gato siamés enroscado en lo alto de un aparador. No lo había visto antes.
Miro la hora. ¿Las dos menos cuarto de la tarde? ¿Hace dos horas que estoy acá como un idiota y ni siquiera sé por qué ni para qué? Me pongo de pie y doy unos pasos vacilantes hacia la entrada del pasillo. Me detengo y escucho. Silencio total.
Comienzo a caminar lentamente cuando percibo un sonido diminuto a mis espaldas. Me doy vuelta con el corazón en la boca. El siamés saltó del aparador al piso y me mira inquisitivo. Reanudo la marcha. El gato me sigue.
Las puertas ubicadas a ambos costados del pasillo están abiertas. A medida que avanzo escruto de reojo, con cautela y disimulo, las diferentes habitaciones. A medida que avanzo carraspeo con suavidad para hacer notoria mi presencia. Y a cada paso espero chocarme de bruces con una Jorgelina en deshabillé.
Pero no, che. No hay nadie. Exasperado, suelto un bufido y empiezo a moverme libremente. Entro en todas las habitaciones buscando señales de Jorgelina, de Cacho, de algo que me indique qué carajo está pasando acá.

Cuarta parte
Marilú Cristián

Pero no encuentro nada. Parado en medio del suntuoso dormitorio en suite, sin saber qué pensar, decido irme. Evidentemente esta gente está loca. Ya la voy a agarrar a mi mujer y me va a tener que explicar quién es Cacho, qué tiene que ver con ella, y por sobre todo, qué hay en el famoso paquete. El paquete… ¡El paquete! ¿Dónde está el paquete? ¿Dónde lo dejé antes de sentarme en el sillón? ¿Se lo dí a Jorgelina? ¿Lo puse sobre la mesita ratona? ¿Lo mantuve en mi poder? Me estrujo los sesos, pero no logro acordarme. Recreo el aspecto del paquete y la sensación que esté me generaba. Una caja de cartón similar a una caja de zapatos pero más delgada. Cerrada firmemente con dos vueltas de cinta adhesiva ancha. Ninguna inscripción, etiqueta o calcomanía sobre la superficie. No era muy pesada, pero contenía algo sólido, algo posiblemente protegido con goma espuma o papel de diario: no hacía ruido al ser sacudida. Todo esto no me sirve de nada.
Me entran unas ganas apremiantes de salir corriendo de ese lugar, pero antes tengo que encontrar el paquete. El gato está sentado sobre la cama king-size. Parece estar oyendo cosas que yo no, pero no importa. Los animales son así. El paquete. ¿No era que sólo lo podía recibir Cacho? ¿A qué mierda están jugando?
Rápidamente vuelvo a la puerta de entrada del departamento y rehago los mismos movimientos que hice dos horas atrás. Pero no me revelan nada: entré acarreando el paquete y me senté en el sillón. Recuerdo a Jorgelina ofreciéndome café y asegurándome que Cacho llegaría de un momento a otro. Estaba rico el café; fuerte, profundo y caliente.
De repente noto que el gato ya no me sigue. Todavía debe estar en el dormitorio principal. Qué raro. ¿Por qué no me siguió esta vez? Algo indefinible me impulsa a volver. Tengo que constatar que aún se encuentra ahí. Una fracción de mi conciencia espera que no; que haya ido a la cocina o que haya vuelto a enroscarse arriba del aparador.
Alcanzo la habitación y meto la cabeza precipitadamente. Sí, el siamés continúa sobre la cama. Mira fijo hacia un rincón. Sigo su mirada, y allí, al pie del amplio placard, está el paquete. Abierto. Una sirena de alarma se dispara dentro de mi cabeza: salí de ahí, salí de ahí, salí de ahí. Pero no puedo evitarlo: me acerco al paquete, me arrodillo y lo examino. Las cintas adhesivas fueron cortadas con un cutter y los bollitos de papel que protegían el contenido fueron quitados con prisa, quedando desparramados por el piso. Ya no hay nada dentro de la caja.
Y todo ocurre a la vez. La puerta del placard se abre bruscamente y sale un tipo grandote, gordo, canoso, con la cara poceada por una varicela cruel. Empuña un revólver. De repente se me antoja que aquello que empuña podría caber perfectamente dentro de la caja. De repente recuerdo el manso perdón de mi mujer frente a mi imperdonable aventura con Marisa. Recuerdo haber pensado cuán impropio fue de ella, y lo pienso de nuevo. Sí, fue muy impropio.
El tipo me apunta con el revólver y aprieta el gatillo.

Copyright © Cuaderno de una escritora
Todos los derechos reservados

Publicado por primera vez en la revista Qu n·2

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Sunday, February 24, 2013

El Dorado

por Luciano Doti

Hay mitos que dan nacimiento a aventuras inigualables. Hubo una época en que los hombres se lanzaban a surcar los mares del mundo en busca de hallar tesoros ocultos, paraísos perdidos, continentes sumergidos, fuentes de riquezas inabarcables… Los españoles tenían el mito del Dorado y lo persiguieron sin descanso, hasta percatarse de que era una utopía, y que los más parecido a ello era la plata del Potosí o el oro de Lima; que era menos de lo imaginado, pero suficiente para solventar al imperio más grande de la Tierra. Los peninsulares no eran muy adeptos a andar por territorios ajenos, más bien preferían los suyos; o sea, los conquistados y dominados por ellos. Los británicos, por el contrario, sí llevaban consigo el deseo de explorar por sí mismos, de manera individual o privada, países exóticos; de adentrarse en selvas y montañas donde resonaban lenguajes ininteligibles; en otras palabras, llevar sus comercio y cultura a cada recóndito paraje del mundo.
Con ese espíritu aventurero, llegó James Williamson a Sudamérica. Traía consigo sólo unas pocas cosas y sus conocimientos de medicina y ciencias naturales. La recién independizada Colombia lo recibió con su clima abrasador. Inmediatamente comenzó a explorar las zonas más inhóspitas de ese lugar, en busca de plantas aún no clasificadas por la civilización. Primero por la bahía de Guayaquil; después más adentro, hacia los altos Andes. Ascendió siguiendo el curso del río Napo. Allí, aprendió la desmesura del Amazona colombiano. Consiguió muchísimas piezas botánicas que iniciaron sus colecciones; las cuales iría enviando a su Gran Bretaña natal.
En medio de esas exploraciones, conoció a Carmen; se casaron. Ella tenía el semblante de las damiselas hispanas; algo frágil, no tardó en revelarse emocionalmente inestable. Había algo encantador en ella, como en toda mujer vulnerable. Sin embargo, entorpecía las actividades de su marido.
Para escapar de esa situación, James se encerraba más en su trabajo. Inició un museo de piezas indígenas. Su propósito, aunque noble, lo llevo a profanar reliquias consagradas. Liberó una maldición que lo persiguió hasta su casa.
Una noche, mientras trabajaba en unos escritos, volcando información valiosa acerca de sus colecciones y observaciones, movió el candelabro y sin querer la luz se corrió hacia un ángulo que había permanecido a oscuras. Allí, durante un instante, pudo ver a un aborigen, decorado con innumerables objetos coloridos y una enorme cabeza ritual coronada con cuernos. Luego, esa imagen se difuminó. Lo que fuera tal aparición recreaba a un chamán o brujo.
A partir de entonces, la salud de su mujer comenzó a empeorar; se acentuaba progresivamente el mal que la aquejaba; ahora Carmen bebía, y no poco.
Eran tiempos de revoluciones. A la reciente independencia de Colombia, le siguió la escisión de ésta en otros Estados menores; James y Carmen quedaron en Ecuador. Había tensión entre civilización y barbarie, lo europeo y lo indígena.
Inició un emprendimiento minero. La nueva república ofrecía la oportunidad de forjar fortuna, pero no tuvo éxito. Por alguna razón, acaso la de ser un blanco civilizado en un país donde la barbarie se resistía a partir, no pudo alzarse con esa fortuna; la maldición indígena le negaba ese beneficio. Venido de una tierra protestante, se había negado al principio a creer en esas supercherías. Pero El Dorado se le ocultaba entonces a él, tanto como lo había hecho con los españoles. Así que, tuvo que conformarse con el prestigio científico y abandonar la utopía del Dorado; dejarlo oculto, quién sabe hasta cuándo.

Publicado por primera vez en la antología Dios mío, Literando Ediciones. Jerusalem, 2011.

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Friday, January 25, 2013

Asesino oculto

por Luciano Doti

El tiempo que pasamos en Québec había sido estupendo. Yo acababa de llegar, y si bien la partida desde Argentina la había hecho con algo de bronca, con ese blindaje que proporciona el irse porque lo que se tiene en el país de uno no cubre las expectativas, al arribar no había podido evitar que la nostalgia invadiera parte de mi ser. Por eso fue una bendición que hubiera hallado tan pronto a Madeleine.
La conocí en una milonga de Montreal. Entré ahí una noche en que tenía ganas de codearme con otros compatriotas, y eso que al salir de Ezeiza había jurado que ya no quería saber nada con mis hermanos criollos, pero el crepúsculo de ese día me había hecho cambiar de opinión. Lo que no sabía es que la mitad de los concurrentes serían canadienses francófonos, ni que la belleza de las damas de esa región no tiene nada que envidiarle a la de las rioplatenses. El tango se ha impuesto en el mundo, y en Québec tiene razones de sobra para hacerlo. El clima es en cierto modo, y salvando las distancias, el más parecido al de Buenos Aires dentro de Latinoamérica; y utilizo este vocablo porque considero a la provincia afrancesada un territorio latino y americano, al igual que Haití. Es cierto que en Canadá hace mucho más frío que en las pampas, pero ambos pueblos conocemos de sobra lo que es un invierno y lo que significa ser “europeo” en América; nuestra música ciudadana lleva implícito mucho de ello. Por otra parte, el tango se consagró luego de triunfar en París; así que, para muchos quebequenses, de origen francés y acostumbrados a la sofisticación del jazz, el tango es una música ideal para saciar su sed de latinidad.
Cuando uno está en el exterior, bailar el tango con una dama del lugar es asumir una carga extra de responsabilidad, es convertirse en embajador cultural de la Argentina. Además, ellas suelen estar esperando la oportunidad de entrelazarse en la danza con un “pibe” rioplatense. Y si bien al principio las chicas canadienses parecen algo distantes, no les falta voluntad, se interesan por aprender y, ya roto el hielo, se revelan amables. Madeleine respondía a ese patrón; fue una experiencia deliciosa bailar con ella, y una vez que bailamos un bloque completo, nos sentamos a conversar en una mesa; por sugerencia mía, la charla estuvo regada por un buen malbec argentino.
Hablamos de tango, de literatura y, claro, de Argentina y Québec. Yo quería saber sobre el festival de poesía de Trois Rivières. Ella se ofreció para acompañarme. Desde entonces, y hasta la semana pasada, no nos separamos más.

Madeleine llegó a Buenos Aires ayer a la mañana, yo había arribado una semana antes, un poco para ir preparando todo para su visita, y otro poco para tener tiempo de hablar con mi familia sin la interferencia de una persona para ellos extraña. Eso me dio tiempo de alquilar un departamento en el centro, y de readaptarme al ritmo de mi ciudad.
El día de ayer lo dedicamos a recorrer las inmediaciones al edificio donde estamos parando, a efectos de que Madeleine comenzara a familiarizarse con el entorno y no dependiera tanto de mí. Luego nos fuimos a dormir, ya que, incluso a ella, el viaje desde Montreal la había dejado agotada, minando su natural tendencia a la aventura; y como estamos en verano, dejamos abierto el ventanal que da al balcón.
Algo terrible pasó: al despertar hallé a Madelaine en un estado calamitoso. No respiraba, y lucía ensangrentada; de hecho, una parte de mí sabía que estaba muerta. Sin embargo, enceguecido por la negación de no aceptar la cruel realidad, llamé a emergencias con la esperanza de que todo fuera un hecho lastimoso aunque superable. Pero no, los paramédicos no hicieron más que confirmar lo que esa parte de mí ya conocía desde el momento en que la vi a mi lado sin signos vitales, o incluso desde antes.

No es fácil aceptar que la chica que amas esté muerta porque un delincuente entró a tu departamento mientras dormías y la mató. Puedes pasar el resto de la vida lamentándote, diciéndote a ti mismo que, siendo éste tu país, deberías haberle advertido que dejar el ventanal abierto podía ser peligroso en estas latitudes. Pero es aún más difícil aceptar que nadie entró al departamento, ni por el ventanal ni por ningún otro lado; que las únicas huellas en la escena del crimen son tuyas; que tienes esa absurda y enferma manía de echar todo a perder cada vez que estás cerca de alcanzar tu propia felicidad.

Publicado por primera vez en la antología "Minotauro", Latin Heritage Foundation. EEUU, 2011.

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Wednesday, December 26, 2012

Conexión Uritorco

por Luciano Doti

El apocalipsis había ido llegando de a poco. Primero con varios temblores y tsunamis en la zona del Pacífico, después con un aumento en el nivel de las aguas en la del Atlántico. La mayor parte de la población mundial había perecido en esas catástrofes naturales o en las diferentes batallas de la guerra por controlar los pocos recursos vitales que quedaban en la Tierra.
En Argentina, un pequeño grupo de personas había escapado de todo eso huyendo al pueblo de Capilla del Monte; instalados en el cerro Uritorco, antigua morada de los indios comechingones, ansiaban la paz y la buscaban a través de la meditación. Ese lugar, señalado como un centro de convergencia mística, se había convertido en un enclave de esperanza; no por nada era visitado desde tiempos pretéritos por extraterrestres.
Fue allí, meditando, que ese grupo de argentinos logró entrar a una ciudad situada en otra dimensión. En esa ciudad llamada Erks, hallaron el bastón de mando de los comechingones y el Santo Grial, que había sido trasladado hasta ahí por uno de los caballeros de la mesa redonda de nombre Perceval.
Entonces, el poder de esas reliquias les permitió alcanzar un estado de iluminación que se convirtió en la llave para abordar una nave interestelar tripulada por extraterrestres.
Tiempo después, cuando por fin el apocalipsis concluyó, ellos lo percibieron como un resplandor en el cielo, en la dirección de su lejano planeta natal.

Publicado por primera vez en la revista miNatura n·119

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Wednesday, November 28, 2012

Atenea

por Luciano Doti

A Atenea Helenaus

No soy de usar el chat de Facebook. Por lo general, entro a esa red social a publicar algún link y a echar un vistazo a las actualizaciones. Y si uno abre el chat, de la gran cantidad de contactos que se tienen, siempre habrá alguno que quiera parlotear en el espacio virtual, restando el tiempo necesario para lo demás. Pero esa noche, al igual que otras anteriores, me sentía con ánimo para chatear, aunque no con cualquiera. Quería hallar a una chica que se hacía llamar Atenea y la iba de vampiresa.
La lectura de su diario íntimo, publicado en uno de los blogs góticos que hay en la red, me había dejado embelesado, con su prosa invadiendo mi mente de manera recurrente una y otra vez. Desde mi primera aproximación a esos relatos, que combinaban vampirismo y erotismo, pasaba las noches a la espera de que la tal Atenea se dejara ver en la pantalla de mi computadora.
¡Y por fin! Apenas pasada la medianoche, Atenea, haciendo honor a su nombre, apareció cual diosa para convertir esa madrugada en un momento mágico para mí.

Tras las presentaciones de rigor, comenzamos a chatear, y la conversación fue, como no podía ser de otra manera, para el lado del vampirismo. Me preguntó si yo había conocido algún vampiro real. Le respondí la verdad, que no. Pero no obstante eso, cierta vez, un grupo de adolescentes habían creído que yo era un vampiro.
A Atenea le interesó la historia.

Resulta que en un foro, yo había publicado algunas cosas sobre vampirismo, cosas que a su vez yo había leído también en la red.
En ese foro había contado sobre un mito según el cual los vampiros vienen de los tiempos bíblicos del Génesis. No recordaba muy bien, pero tenía que ver con Lilith, la primera mujer de Adán, o con Caín, uno de los hijos de éste ya con Eva. De cómo los vampiros sí existían, aunque de un modo diferente a las historias tipo Drácula; no dormían en féretros, ni se morían por tomar un poco de sol.
El ritual que utilizaban era beberse la sangre recíprocamente, vampiro con pretendiente a serlo, siempre entre macho y hembra; o sea, vampiro con mujer o vampiresa con hombre. Ese ritual lo venían practicando desde hacía siglos, como una cadena interminable cuyo primer eslabón podía ser Lilith o Caín, ¿quién sabe?

Los adolescentes leyeron eso y me contactaron. Aparentemente, pensaban que yo era uno de los iniciados, y querían que los inicie a ellos, más precisamente a una de ellos.
Pero evadí tal posibilidad. Un poco por no meterme en problemas con menores, lo último que deseaba era ser acusado de corrupción de menores, y otro poco porque no quería mentir. Así que, les respondí que lo que sabía lo había leído en la red, y final de la historia.

Final de esa historia, pero no de la historia que estaba comenzando con Atenea.
Ella me propuso vernos en algún lugar. Un bar de San Telmo sugirió, y yo acepté.
Allí nos encontramos la noche siguiente. Pedimos una botella de vino.
En un momento, yo fui al baño; cuento eso porque tendría importancia en el desenlace.
Al volver del baño, terminé la copa que ya estaba empezada.
Me sentí lujurioso, como si lo único que me importara en el mundo fuese poseer a Atenea. Ella debe haberlo notado en mis ojos, porque inmediatamente acercó su boca a la mía, buscando un beso, y lo obtuvo.
Nos besamos de manera apasionada, tanto que me mordió en mi labio inferior y sangré.
Superado ese percance, pude notar que se relamía, la punta de su lengua recorría sus labios humectados con mi vital fluido rojo. Entonces me lo dijo:
–Ahora estamos unidos hasta el fin de los tiempos.
–Como vampiros –dije, bromeando.
–Sí, en serio. Cuando fuiste al baño, eché una gota de mi sangre en tu vino –dijo, mostrando un pequeño corte en uno de sus dedos–. Luego te lo tomaste todo, y ya sabés…
–Y después, cuando nos besamos…
–Yo te mordí, y bebí de tu sangre.
–El ritual se consumó –acoté, y una parte de mí empezaba a considerar la posibilidad de que todo fuera real.

Mientras escribo esto, ya ha pasado un tiempo desde que tuve aquel encuentro con Atenea. No puedo afirmar que me convertí en vampiro, ni siquiera sé si ella es una iniciada o sólo fue influenciada por el relato que le había contado la noche anterior en el chat.
Pero de algo estoy seguro: aunque mi labio ya cicatrizó, la vampiresa dejó en mí su marca.
Resta saber si hasta el fin de los tiempos.

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Sunday, October 28, 2012

La vida en una brasa

por Luciano Doti

Mónica guardaba celosamente esa brasa. Desde que su hijo tuviera aquel problema de salud tan grave, durante el cual se debatiera entre la vida y la muerte, no tenía mayor preocupación que cuidar ese trozo de carbón chamuscado. Tiempo atrás, una amiga le había preguntado:
-Si hubiera un incendio en tu casa, y sólo tuvieras tiempo para rescatar un objeto, ¿cuál sería ese objeto?
-Las fotos familiares- respondió Mónica, mintiendo.
Es que había decidido poner tanto ahínco en la conservación de ese secreto, que ni siquiera a su mejor amiga estaba dispuesta a contarle la verdad sobre esa brasa. Sólo ella sabía todo, y así debería haber sido siempre, de no ser porque se confió demasiado en su nuera.
Cuando su hijo, Gustavo, se casó, Mónica pensó que esa felicidad idílica que unía a la pareja no se terminaría nunca; y por lo tanto, una persona que amaba tanto a su hijo tenía derecho a saber eso. Fue entonces que se lo contó. Al principio, Laura no creyó nada; considero un disparate lo referido por su suegra, un desvarió inaudito, irracional; pero luego, viendo que la señora la miraba con semblante serio y preocupado en su rostro, le concedió el beneficio de la duda. Esa tarde de domingo, mientras la lluvia caía mojando las calles de Buenos Aires, Laura prometió a Mónica que tras su muerte, en caso de que la señora faltara antes que ella, velaría por ese trozo de carbón tanto como fuese posible; ya que le quedaba claro lo importante que era para Gustavo.
Pero el tiempo pasó y, tal cual lo previsto, Mónica se marchó antes con el sueño de los justos; y el matrimonio entre Gustavo y Laura, con el desgaste irremediable que producen décadas de compulsiva convivencia, entró en crisis.
Gustavo comenzó a frecuentar una amiga que conoció a través del chat en Internet. Laura se enteró, quiso vengarse; recordó la dichosa brasa conservada celosamente en el piso del placard. Si el conjuro gitano era real, ese trozo de carbón contenía la esencia vital de Gustavo; por lo tanto, al consumirse, se extinguiría la vida del infiel esposo. Hizo un pequeño fuego en el patio, y echó la brasa en él; por si acaso, roció la misma con alcohol. Se sentó frente a la llama, y contempló el espectáculo, como si formara parte de un ritual pagano, absolutamente demodé por lo bárbaro; no experimentó culpa. Varios minutos después, sobre el piso sólo quedaban cenizas, emanando éstas un hilillo de humo hacia el cenit.
Más tarde, tocaron a su puerta dos policías; turbados por la incómoda situación, le comunicaron que su esposo había fallecido en un hotel alojamiento, acompañado por una joven.

Publicado por primera vez en la antología Sendero con historias, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2011.

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