Wednesday, April 16, 2014

El príncipe de Transilvania

por Luciano Doti

Cuenta una leyenda medieval que un joven turco encontró una lámpara mientras paseaba por el campo, y tras frotarla, apareció un genio que le dijo:
—Pídeme lo que desees.
—Deseo una alfombra mágica para volar a donde yo quiera, y que mi sangre sea inmortal.
El genio le concedió ambas cosas, y en uno de sus viajes, el turco fue a la frontera del imperio otomano, en Transilvania. Allí fue atacado por un príncipe que tenía la costumbre de empalar a los invasores y beber su sangre. El turco murió, ya que si bien por sus venas corría fluido inmortal, su cuerpo no resistió el ser atravesado y destrozado por una lanza de madera. El príncipe adquirió la inmortalidad y continuó con su hábito de beber sangre, pero a diferencia del turco, tomó la precaución de no dejarse atravesar nunca por algún objeto de madera.

Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 133.

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Tuesday, April 01, 2014

2033

por Luciano Doti

En 2033, aún quedaban las siluetas de los antiguos moradores marcadas sobre las paredes de esa casa, ahora habitada sólo por robots, entre los que se encontraba uno que había soñado la destrucción total aquel agosto de 2026. No resultaba menos curioso que esos robots, que ellos, raza humana, crearan, estuvieran recolectando ADN residual de esas siluetas dispuestos a clonarlos, devolviéndoles el favor de la vida. En un gesto conmovedor, habían diseñado un útero artificial capaz de albergar el proceso de gestación. Se trataba de robots recreando a sus creadores. Después de todo, si eran capaces de soñar, eran capaces de cualquier cosa.

Basado en “Vendrán lluvias suaves” de Ray Bradbury.
Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 131.

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Sunday, March 16, 2014

Misteriosa La Matanza

por Luciano Doti

Me encontraba yo en un bar de La Matanza, en la zona del segundo cordón. Pero no se trataba de uno de esos típicos bares “aporteñados” que abundan en Lomas del Mirador o San Justo, sino más bien de un copetín al paso, con mini-parrilla en la vereda, unas pocas mesas y la infaltable barra, donde la clientela casi toda masculina bebía tinto barato de damajuana.
Las mujeres que pasaban por el lugar lucían acostumbradas a frecuentar ese ambiente; eran atractivas y libres de los prejuicios que puede haber en la capital y el primer cordón. En una época en que la situación económica solía ser determinante para conseguir pareja, en esa periferia de clase media-baja parecía existir un resquicio en el cual no hiciera falta tener auto y pagar una cena en un buen restaurante para estar bien acompañado. De alguna manera, funcionaba esa zona como el último refugio para la gente que intentaba disfrutar con poco: el chori, el tinto, la minita… La frontera imaginaria, surcada por el Camino de Cintura, separaba dos realidades muy diferentes.
Yo me hallaba entre esos dos mundos: por un lado, como miradorense en particular, pertenecía al primer cordón; pero por otro lado, como matancero en general, tenía curiosidad por conocer esa “verdadera” Matanza que nunca había llegado a explorar plenamente; aunque comparado con otros vecinos míos, podía considerarme un erudito en temas matanceros, ya que con algunos amigos, había realizado una serie de “tours” de iniciación en el pasado. Sabía de recorrer las calles de Rafael Castillo, Laferrere, Catán, hasta Oro Verde, de día y de noche. Y como dije antes, encontraba cierto encanto en esa geografía, en la cual no necesitaba fingir para aparentar ser más de lo que en realidad era. Soy una persona de ciudad, me encanta ir al centro de Buenos Aires, pero de vez en cuando, “bajar” hacia fuera y abandonar aunque más no sea durante unas cuantas horas esa simulación de la clase media, resulta gratificante para mí.
Allí estaba yo, en una mesa cercana a la puerta, bebiendo ese mismo tinto, cuando ingresó una mujer al local.
—Disculpen. ¿No han visto a Jorge, mi marido?
—¿Quién? —preguntó un cliente, ya bastante entonado.
—Jorge. Es uno morocho, flaco…
La mujer siguió describiendo a su marido, mientras el hombre que había preguntado miraba a los demás, esperando que alguien supiera lo que él ignoraba.
—Por acá no vino, señora —dijo por fin el cantinero.
—Hace dos días que no va a casa —comentó preocupada ella.
Eso provocó algunas risas contenidas, apenas audibles.
—Acá también, hace dos días que no viene —confirmó el cantinero.
La mujer salió resignada, con esa facilidad que tiene la gente humilde para asimilar los golpes de la vida; costumbre debe ser. Detrás de ella la siguió la moza, una trigueña con calzas y musculosa.
Ya en la vereda, le habló en privado; aunque yo desde mi ubicación más próxima pude oír todo.
—Señora, su marido se fue con otra: una pendeja que anda siempre por acá.
—¿Estás segura?
—Sí, todos lo saben. Ellos no le dicen nada porque están cubriendo al amigo, no quieren quedar como “buchones”.
—¿De eso se reían?
—Y… sí.
— ¿Sabés donde puedo encontrarlo, para hablar?
—No, pero conozco a alguien que puede hacer que vuelva con usted.
—¿Cómo?
—Mi hermana es parapsicóloga, hace “trabajos” de retorno de parejas. No cobra caro, y le puede pagar cuando pueda.
—¿Y eso cómo es?
—Necesita el nombre, la fecha de nacimiento, una foto y una prenda. Con eso vuelve más tardar en nueve días.
La mujer engañada aceptó el servicio que le ofrecía la moza. Después, ésta llamó a su hermana desde un celular para arreglar una cita, y anotó algo en un papel que entregó a la señora.
—¿Qué le dijiste? —la paró en seco el cantinero ni bien entró.
—Nada. Le di una dirección, por un asunto.
—¿No le habrás dicho algo del marido, no? Yo acá no quiero quilombos; soy ciego, sordo y mudo.
—Está bien —ensayó la moza como toda respuesta.
Terminado ese episodio, seguimos bebiendo sin problemas.
Un mes más tarde, regresé a ese mismo lugar. Esa vez, con la confianza que da el haber estado antes en un bar, me ubiqué en la barra. Pedí un vino. Cuando el cantinero me lo despachó, me preguntó:
—¿Vos ya estuviste acá, no?
—Sí, hace un mes más o menos —le respondí, y para continuar con la conversación, a efectos de no quedar tan parco, hice yo una pregunta:
—¿Y la moza del otro día?
—La eché —dijo, y parecía no querer hablar del tema, pero un semblante de decepción que no pude disimular invadió mi rostro, por lo que el cantinero se sintió obligado a darme una explicación:
—Hizo una brujería.
—¡¿Una brujería?! —pregunté fingiendo sorpresa, aunque sabía de qué se trataba.
—Sí. Hace un mes vino una mujer buscando al marido…
—Fue el día que estuve yo.
—¡Ah, mirá que casualidad! Bueno, la cuestión es que la contactó con la hermana, que hace gualichos, cosas así, para que vuelvan las parejas.
—Sí, el diario está lleno de avisos en los que se promocionan.
—Claro, pero ésta además hizo magia negra. La chica que estaba con Jorge se empezó a sentir mal, la llevaron al hospital y estuvo una semana en terapia intensiva hasta que se murió.
—¡¿Se murió?!
—Sí, de una infección, no pudieron salvarla —tras una pequeña pausa continuó con el relato— Dicen que a los pocos días, en el cementerio de Villegas, encontraron un cajoncito pequeño con el nombre de ella. Estaba medio enterrado en una tumba reciente.
Ahora sí, parecía haber concluido. Quedaba todo claro excepto una cosa:
—¿Y Jorge? —pregunté.
El cantinero sonrió.
—Volvió con la esposa. Dice que lo que pasó fue una señal de que su destino es estar con ella.
—O sea que a ella el gualicho le dio resultado.
—Sí, pero a la moza la eché. Yo acá no quiero quilombos.

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Saturday, March 01, 2014

El aviador

por Luciano Doti

La historia que refiero transcurrió en las afueras de Buenos Aires, cerca de un aeródromo.
Por esos días, se hablaba de personas que habían aparecido muertas con heridas punzantes en sus cuellos.
Una noche, me encontraba orinando en el baño de una estación de servicio, cuando ingresó un hombre de sobretodo negro y se colocó a mi lado. Luego, yo me fui a lavar las manos dándole la espalda a los mingitorios, y al echar un vistazo al espejo, noté que sólo me reflejaba yo. Durante un instante, pensé que tal vez estaba tapando al hombre en cuestión o éste había salido raudamente sin que lo advirtiera. Pero, de inmediato, un chorrito de orina rojiza se estrelló contra uno de los mingitorios blancos. Podía oír y ver el líquido pero no al hombre que lo excretaba.
Atiné a sacar mi teléfono celular y filmar a través del espejo. En eso, el chorrito de orina se detuvo y escuché una voz que en un inglés con marcado acento norteamericano me decía: “Dame tu teléfono”.
Al darme vuelta, vi al hombre del sobretodo, cuya altura superaba en varios centímetros a la mía. No opuse resistencia. Le entregué el teléfono y él me lo devolvió, no sin antes borrar la grabación.
Cuando por fin se marchó, yo recordé al “aviador nocturno”, vampiro que va en busca de sus presas a bordo de un avión Cessna y tampoco se refleja en los espejos.

Basado en el cuento "El aviador nocturno" de Stephen King.
Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 123.

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Sunday, February 16, 2014

Tierra de la luz

por Luciano Doti

Cuenta una leyenda que el nombre Lucania fue dado a una tierra del sur, desde la cual se veía surgir el Sol.
Hasta allí había llegado Vito, perseguido por unos lobos que actuaban por cuenta de un demonio que quería doblegarlo. Vito sabía que ésa era la tierra de la luz, un lugar donde los seres de la oscuridad no podrían afectarlo. En Lucania estaría a salvo.
Y así fue. Un ángel se hizo presente y, como guerrero de Dios, lo liberó de ese ser maligno y sus lobos.
Desde entonces, Vito cada mañana vio surgir el sol, a salvo de cualquier influencia demoníaca.

Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 124.

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Saturday, February 01, 2014

Ortomolecular

por Luciano Doti

La mujer de mediana edad ingresó al consultorio con un andar sensual. Se notaba que era la clase de fémina que disfrutaba agradando a los hombres.
El doctor la miró de pies a cabeza, después de todo, era parte de de su trabajo.
—Cuénteme —dijo, cuando terminó de escrutarla.
—Hacía tiempo que quería venir, pero el doctor Van Helsing me decía que sus métodos no son éticos. Hoy me decidí —comenzó a narrar ella.
—Mi colega Van Helsing es un hematólogo de mente muy estrecha. Yo puedo hacerla vivir más de ciento veinte años, y lo más importante: sin envejecer.
—¿En qué consiste su tratamiento, doctor?
—Es una terapia alternativa de la sangre. La sangre es el fluido vital, y si ella recibe el tratamiento adecuado, todo su cuerpo será irrigado con una energía que llamamos ortomolecular.
—¿Hay alguna contraindicación?
—Sólo se recomienda no exponerse al sol.
—No parece un gran sacrificio a cambio de superar el siglo de vida sin envejecer. ¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo, si quiere. Recuéstese en la camilla y cierre los ojos.
La mujer obedeció y luego sintió unos pinchazos en su cuello. Le pareció que le extraía sangre de la carótida; se hallaba en un estado de sopor, como si fuera todo parte de un sueño. Entonces, se rindió.
Cuando despertó se sentía renovada, joven. Y sólo a cambio de no exponerse más a la luz del sol.

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Sunday, January 05, 2014

El Amo del Mal

por Luciano Doti

De chico, Diego había leído los libros de la colección “Elige tu propia aventura”, empezando por el titulado “Guerra contra el Amo del Mal”. De más está decir que este “Amo del Mal” era considerado un personaje de ficción.
Un par de décadas después, la tecnología dominaba todo y casi no quedaba una sola persona sin su propio teléfono celular. Además, las campañas de marketing viral eran moneda corriente; cada vez más gente estaba dispuesta a claudicar ante las encantadoras sugerencias de los telemárketers.
El Amo del Mal, que seguía esta realidad desde su lejana galaxia, decidió que era el momento de dominar la Tierra. Se valió de un call-center e hizo llamar a los que serían sus primeros adeptos: “Si decides obedecer, marca 1; de lo contrario, marca 2”, rezaba el final del mensaje.
Sin dudar, Diego y los demás, curiosamente todos lectores del mismo libro, marcaron 1.

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