Thursday, July 02, 2009

Gusanos
Luciano Doti
Que cualquier carne tiene la capacidad de agusanarse es algo que sabemos todos, pero también tenemos conocimiento de que para ello debe haber una herida o un cuerpo sin vida. Existen diferentes tipos de gusanos, y no es mi intención usar estas líneas para clasificarlos; por otra parte, no sabría como hacerlo. Sólo sé que una persona puede agusanarse, que conocí a una persona que se agusanó, aunque en un primer momento no estaba herida ni muerta; he allí lo extraordinario del asunto.
El tipo se llamaba Carlos, creo que ese era su nombre; para el caso da igual. Frecuentaba uno de esos copetines al paso del conurbano. Pendenciero él, tenía la costumbre de mirar a todos con cierto grado de altanería, de más está decir, absolutamente infundada. Tomaba una cerveza y de vez en cuando intercambiaba alguna opinión con los otros ocasionales parroquianos. Cualquier contrapunto, por insignificante que fuera, le generaba una tensión delatora de violencia contenida contra su interlocutor, que en ocasiones se aplacaba si el otro decidía hacer a un lado el incidente, por considerar absurdo el debate o devaluado a quién lo planteaba.
Una noche, estaba yo con unos amigos compartiendo una botella de tequila en la calle, cuando pasó Carlos. La botella ya casi llegaba a su fin, por lo que se imaginarán cual era nuestro estado: nos hallábamos completamente borrachos, fuera de control y hasta pendencieros. Carlos nos provocó. Se acercó a nosotros de manera arrogante. No nos pidió tomar un trago uniéndose al grupo, quiso hacerlo a lo guapo. Nos arrebató la botella. Etílicamente envalentonados, nos íbamos a las manos, hasta que uno de nosotros, de manera atinada debo reconocer ahora, sugirió hacer a un lado el incidente, dado que ya en la botella quedaba poco. De hecho, nuestros hígados le agradecerían el robo, aunque el tema no era la botella en sí, sino el ultraje; pero tratándose de Carlos, no valía la pena la molestia ya que, como quedara dicho, se trataba de un personaje devaluado.
En el interior de la botella, flotando en el poco liquido que quedaba, había un gusano. No sé si vivo o muerto. Tampoco sé si es algo que traen todas las botellas de tequila o sólo esa en particular. De algo no tengo dudas, Carlos bebió el contenido de la misma, completo; es decir, que al terminar no quedaba líquido ni gusano.
Si estaba muerto, juzgo que revivió. Y se me ocurre que ya dentro del cuerpo de Carlos, el gusano comenzó a colonizar todo ese organismo, carcomiendo la carne desde adentro hacia fuera. Esos parásitos se alimentan de carroña, y a Carlos, tantos años sembrando odio y maldad, lo deben haber convertido en eso: pura carroña viviente.
Al principio, su enfermedad se manifestaba como una especie de sarna, en la forma de lesiones o manchas cutáneas; pero poco a poco, a paso lento aunque inclaudicable, avanzaba progresivamente. Cada vez causaba mayor repulsión frente a la gente, incluso más que antes. La última vez que lo vimos, unos gusanos blancos danzaban sobre su rostro curtido e irreconocible.
Después de eso, no apareció más por el bar que solía frecuentar. También abandonó la pieza que alquilaba en una revenida edificación de la zona, lugar en el cual, por esos días, se vio una cantidad inusual de gusanos.

Sunday, May 31, 2009

El rito
Luciano Doti
Liliana estaba en sus cuarenta y pico, pero aparentaba menos; quizás treinta y cinco. Divorciada, de clase media, porteña. Llegó sola, pero allí se encontraría con sus amigas; era jueves. Ese era el día de la semana que destinaban al esparcimiento, cena y tragos entre damas contemporáneas, tal vez aventura. Como ya se dijo, fue la primera de su grupo en llegar. Al pasar junto a la mesa en que se hallaba Diego, le dedicó una leve sonrisa, ella a él; una suerte de saludo entre desconocidos, posiblemente alentada por ese espíritu de jueves after office que anidaba en su alma. Sin detenerse siguió caminando, montada en sus empinadas sandalias, hacia una mesa ubicada más adentro; Diego había elegido una junto a la ventana. Se sentó y pidió a la mesera su primer trago de la noche, Gancia. Entonces se entretuvo escrutando el salón, la decoración de las paredes, la calle que, aunque alejada, se dejaba ver en parte; y también su mirada se cruzó en algún momento con la de Diego. El aperitivo americano iba bajando de a sorbos. Liliana se percató de que entre ellos había onda, y se sintió halagada por eso. Después llegaron sus amigas, y juntas ordenaron la cena. Diego continuó bebiendo, estaba solo, no era su intención cenar.
Ahora el salón estaba completo, era la hora pico, en esa noche de jueves en que los mayores de veinticinco se reúnen para confraternizar, sin sus parejas los que la tienen. El momento es una gran oportunidad para solos y solas, corazones solitarios que buscan una costa donde encallar. Diego bebía, desde la mesa donde se hallaba Liliana le llegaban algunas risas, como un eco distante. Las veía hablar entre ellas y mirar de vez en cuando hacia donde estaba él. Al terminar la cena, las amigas intentaron convencer a Liliana de que no dejara escapar esa chance.
-Dale, acercate a la mesa de él y decile si te podés sentar un momento.
-No sé, voy a quedar como si estuviera regalada.
-Eso no importa, tomá otro trago y andá, es tu oportunidad.
Liliana obedeció a sus amigas, bebió otro trago y se puso de pie; enseguida caminó hacia la mesa de Diego.
-Hola, ¿me puedo sentar un momento?
-Sí, claro, sentate.
-¿Como te llamás?
-Diego, ¿y vos?
-Liliana. ¿Esperás a alguien?
-No, estoy solo.
El dialogo continuó recorriendo todos los lugares comunes habidos y por haber, una simple rutina entre dos personas del sexo opuesto que ya han dejado atrás la adolescencia y se encuentran un jueves a la noche, con unas copas de más encima, dispuestas a entablar una relación ocasional. El pragmatismo se apoderó de ambos.
-¿Vamos a mi departamento?-preguntó ella, a modo de invitación-Mi hija esta con el padre, mi ex.
-Dale, vamos-acepto él.
Liliana fue a la mesa donde aún se hallaban sus amigas a buscar su cartera y avisarles que se iba con Diego. Luego sí, la flamante pareja se marcho.
En el departamento de Liliana, bebieron café y consumaron el final del rito. Después, se asomaron al balcón; la tibia madrugada de noviembre lucía desangelada.

Publicado por primera vez en la antología Fuga Imperceptible, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2008.

Thursday, April 30, 2009

El gnomo sin tiempo
Luciano Doti
Recuerdo lo ocurrido como si hubiera sido hoy, pero no recuerdo el momento. Es decir, me resulta imposible situarlo en algún espacio cronológico. Todo comenzó el día en que fui, como tantas otras veces, a bailar tango. Esa fue la primera vez que lo percibí. Aunque me era bastante desconocido lo reconocí. Como si ya nos hubiéramos encontrado anteriormente. Quizás, la teoría de la reminiscencia, por la cual uno tiene un conocimiento previo de lo que es en sí, me ayudo a tener la convicción de que de el se trataba. El monstruo se hallaba sentado en una mesa al costado de la pista, y podría jurar que fue él quien me condujo hacia ella. Bailamos. Eso hicimos. No se durante cuanto tiempo, y otra vez tengo que detenerme aquí. Porque si algo caracteriza a esta historia es que no tiene tiempo. Transcurrió o transcurre o transcurrirá en un lugar. ¿Pero cuando? El tango sonaba en el salón. Pie derecho atrás, el pie izquierdo dibuja una ele también atrás, junto ambos pies, avanzo uno, dos, tres, los junto nuevamente, giro abriendo el pie derecho y junto para comenzar otra vez. Lo bello en la tierra imita a lo bello en sí. Luego yo me senté en mi mesa y ella con el monstruo. A la vista de todos ella estaba sola, pero para mi estaba acompañada por ese extraño ser. Ese ser que en arcaico dialogo se debatiera si debe considerarse un dios. Salí a caminar por una avenida que frecuente mucho en otro tiempo. Camine varias cuadras reflexionando sobre estos temas, la gente pasaba al lado mío sin que yo fijara mi atención en ellos. De vez en cuando me corría a un costado para no chocar con alguno que iba mas distraído que yo. No se como hice para atravesar los cruces de calle, debo haberles prestado atención inconscientemente, dado que llegue a recorrer quince cuadras sin advertirlo. Estaba en la puerta de un bar ya conocido por mí y entré. Pedí cerveza. Nunca tomo vino cuando estoy solo. Me parece que un hombre solo tomando vino en un bar da una imagen de borracho, en cambio con la cerveza disimula más. Así es que, una vez disimulada mi imagen, me dispuse a tomar la cerveza y mirar por la ventana. Cuando uno se deja llevar por los pensamientos no existe el tiempo. Es como en un sueño, el pasado siempre vuelve como un flashback. Es el pensamiento consciente el que nos hace esclavos de ese tirano que gobierna nuestras vidas. En el mundo onírico el tiempo es una dimensión desconocida. El presente es un puente en el espacio, si imaginamos la vida como una línea recta, hacia atrás se extiende el pasado y hacia delante el futuro. El pasado son los recuerdos y el futuro es una ilusión. Entonces, mientras el presente es algo palpable que dura un instante, el pasado y el futuro sólo existen en la mente. Hasta aquí seguí un orden lógico. ¿Pero que hay si dejo de lado esa lógica? Considerando la vida como un plano, ya no como una línea recta, sino como un plano que se extiende hacia todos lados; nos encontramos con que el presente sigue siendo un punto, un instante, pero para el resto del tiempo se abren un montón de posibilidades.
El monstruo sigue junto a ella, trata de ser simpático conmigo, y ahora que recuerdo, quizás, ya lo intento otras veces. Sí, consigo recordarlo, fue en el pasado, pero yo ahora tengo más experiencia. Parece decidido y espera. ¿Cuanto tiempo? No se cuanto tiempo. No hay tiempo.
Estoy sentado en un bar, acabo de caminar quince cuadras, tomo cerveza, la bebo de a sorbos mientras reflexiono, después termino mi cerveza, pago la consumación y me voy. Sigo avanzando por la avenida, en un momento dado, cualquiera, doblo en una esquina, y cuando me doy cuenta, estoy en un laberinto. No sé como llegue a este entramado de calles. Me encuentro con personas que ya conozco. En realidad pasan junto a mí, pero no me reconocen, no me ven. A medida que avanzo voy recordando sucesos acaecidos años atrás. De pronto algo se aclara para mí: este laberinto reproduce lo que hay en mi mente; todo lo que almacene en mi vida esta aquí. Avanzo, nada me detiene, es un viaje al interior de mí ser. En un momento llego a mi límite, más allá comienza el laberinto de ella. En ese limite esta el monstruo, entonces los pies se me traban. No puedo avanzar más. Me siento y espero.
Sigo sentado en mi mesa. Miro la pista de baile. Esta atestada de gente y siguen llegando más. Las parejas van dibujando círculos de fuego en el piso del salón. Bebo un trago de cerveza. Mientras lo bebo miro por encima del vaso y observo, entre luces y sombras, esa mesa. Tras esa acción bajo el vaso, y junto con el también desciende mi mirada para quedarse en la pista. Me levanto de la mesa, subo la escalera, que es extensa y no tiene rellano, me dispongo a entrar en el baño, empujo la puerta y me introduzco en él. Me dirijo a uno de los mingitorios, orino, oigo que dos personas dicen algo de un faso, algo normal en el baño de un boliche, aunque sea de tango; cuando termino, cierro la cremallera de mi pantalón, voy al lavatorio, lavo mis manos, tomo una toalla descartable y me seco las manos; luego desecho la toalla en un cesto y me conduzco a la puerta de salida. Antes de salir me aseguro que mi bragueta este bien cerrada. Después bajo la escalera, camino hasta mi mesa, me siento y bebo otro trago de cerveza; fondo blanco. El monstruo sigue inmutable junto a ella, me fugo por otro camino del laberinto, en vano, todos los caminos me llevan a él. No hay salida, me resulta imposible atravesar esa línea; el limite entre mi sector y el de ella. En medio de ambos se erige enhiesto, cual obelisco en la Plaza de la Republica. Este se encuentra sobre un estrado, impone respeto con su magna presencia, bloquea mi camino autoritariamente, como si dueño de mi destino fuese. Continuo en el salón, afuera la ciudad duerme ajena a todos estos acontecimientos. Son las 4 AM, la hora en que no se sabe si es tarde e la noche o temprano a la mañana. Mientras duermen muchos estarán creando sus propios monstruos. Es así, los hombres hemos creado seres sobre naturales de nuestros miedos. Hace siglos nació la mitología, los dioses paganos, luego las religiones. Pero todo es un refugio para depositar allí nuestros temores. El monstruo no existe, es un gnomo, no tiene entidad. Lo sé, no lo sabía antes pero lo sé ahora. Entonces ya no hay motivo para no avanzar. Frente a mi esta ella, tengo que atravesar toda la pista para llegar ahí. Avanzo por el laberinto, paso por el mismo sitio en el que hace un instante, al menos a mí me pareció un instante, se erigía el monstruo. No hay nada, solo, dueño del lugar, camino a mis anchas por el sitio. Ya estoy en el otro sector, paso por un costado de la pista, llego a su mesa, la saco a bailar, al rededor nuestro el resto de las personas forman un circulo, nosotros ocupamos el centro; giramos.
Un símbolo, lo que creí un monstruo es un símbolo. Representa un sentimiento. Primero tratamos de huir, pero después nos atrae. Ya no podemos escapar, cuando uno esta compenetrado no puede dejarse a sí mismo. A veces, las menos, puede durar su hechizo toda la vida; otras, las más, se termina antes. Pero mientras dura no hay voluntad de escapar, el tiempo pasa sin ser percibido; no hay tiempo.

Publicado por primera vez en la antología Homenaje a Oliverio Girondo. Editorial De los Cuatro Vientos. Buenos Aires, 2003.

Saturday, March 28, 2009

La conversión (Cuento en 60 palabras)
por Luciano S. Doti
Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.

Saturday, February 21, 2009

Vacío
Luciano Doti

La noche es el territorio de la libertad, una dimensión donde reina el libre albedrío. El silencio, un agujero negro en la oscuridad. Noche silenciosa, sólo el viento sopla en la ventana haciendo vibrar los vidrios de la misma. El viento suele ser un invitado habitual en este horario, o quizás también lo sea durante el día, es sólo que durante la noche es cuando prestamos más atención a estos sonidos. Sonidos que cuando niño nos resultaban aterradores, pero luego en la adolescencia se convirtieron en compañeros indivorciables de nuestras veladas. Compañeros de nuestros sueños despiertos, de nuestra ansiedad y desolación. A mí me resulta imposible imaginarme mi vida sin estos nocturnos desvaríos, sin la literatura que brota de lo profundo de la noche como torrente de agua que viene a regar un desierto.
Vacío, en la noche se siente el vacío, en la calma que se apodera de todo y que se encuentra en todo. El escritor esta al acecho. Va desgranando de su mente las letras que darán forma a su nueva creación. La hoja se va colmando de caracteres que germinan cual semillas, entonces el vacío ya no es tan vacío y el desierto luce un poco menos desierto.
¡Mentira!, es sólo un truco del artista, que ha hecho ver algo donde no hay nada. Se evapora la ilusión por su condición evanescente, y donde parecía haber algo, ahora ha quedado un hueco donde se desarrolla un pensamiento. El caos diurno aguarda, vendrá del Este, mañana volverá la rutina. ¡Prisionero! ¡Atrapado en lo cotidiano! ¿Cuándo escapare de este estadío? Por suerte aún es de noche, y la luna me da libertad.
Al correr la cortina la luz de neón se filtra a través de la persiana americana. Quedan algunas horas antes de que el día le gane a la noche. ¿Y qué es la noche? Es uno sobre la cama escribiendo sobre un cuaderno. Son las horas consumidas sin apuro con la tele como único testigo y el volumen bajito para que no nos delate; para que los otros habitantes de la casa no se enteren que allí hay alguien que no duerme, que hace un culto del insomnio, que disfruta cada segundo de ese territorio, quizás el único que los hombres hemos sabido conquistar para nosotros. Es el horario que escapa al castigo divino de trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente. En la noche la manzana puede ser mordida sin culpas y sin reprimendas. Si no hay culpa no hay reprimenda, ya que esta última es sólo un estado de la mente a raíz de lo que hemos aprendido en la vida. Todo queda almacenado en la mente, aun cuando no pensamos en algo, ese algo forma parte de nuestra estructura mental y no nos abandona; a menos que uno se entregue a la libertad del arte y el sueño.
Hay una lombriz que cuando cae el sol se convierte en serpiente, y un gato que, bajo el influjo de la luna, se vuelve tigre. Son los desvaríos de un mismo ser. Andan por el jardín, parece que durante la noche alcanzan su mayor potencial; sino como se explica semejante transformación, de dos animales tan inofensivos en otros tan salvajes. No deja de llamarme la atención como desafían el peligro sin detenerse, son dignos de admiración. Fuertes, ágiles, tienen la contextura física de los seres que son libres, que no se detienen a pensar en esto o aquello. Sin esos prejuicios éticos y morales que aprendemos durante el día y nos oprimen. Entonces, la noche es un proceso de desaprendizaje, una ceremonia donde se rinde culto a la libertad. Uno es uno mismo sin presiones de ningún tipo, sin distinciones de jerarquías o clases sociales, porque estamos solos con nosotros mismos. Se trata de ser como los animales salvajes, sólo existen, la mente no les pesa, tienen su propio nirvana. Una vez que uno ha desaprendido todo lo que molesta, queda un espacio vacío, que se llena con lo que nosotros queremos. Eso dura lo que dura la noche. Cuando el sol comienza a despuntar, el tigre vuelve a ser gato, y la serpiente, ya como lombriz, se escabulle bajo la tierra en una actitud cobarde, justo en el mismo momento en que el escritor deja de soñar.

Thursday, January 08, 2009

Directo al cerebro.
por Luciano S. Doti
Cuando mi amigo estadounidense me contó esta historia mi primera reacción fue un escepticismo mayúsculo. Es cierto que la ciencia avanza a pasos agigantados, y mucho más en el país que constituye la mayor potencia mundial. Pero esa no era razón suficiente como para considerar que fuese posible dominar la mente de las personas mediante un virus creado en un laboratorio.”¿Qué sabes de armas biológicas?”, me preguntó sin darme tiempo a digerir lo que acababa de oír. Le comente todo lo que sabía, lo poco que sabía. Que son armas elaboradas para infectar a la población con virus como el ébola o la viruela, y que de caer en manos de organizaciones terroristas pondrían en riesgo la salud de la gente y, obviamente, el orden mundial imperante en la actualidad. Esa era toda la información que manejaba hasta el instante en que el me contó acerca del virus de dominación cerebral inducida. La existencia de este último es lo que mi natural tendencia al raciocinio me impedía asimilar. Por que una cosa era aceptar que gente mala, terroristas, pudieran querer sembrar el caos utilizando la cepa viral de enfermedades ya extinguidas en la mayor parte del mundo, y otra cosa, muy diferente, era creer que un laboratorio hubiese desarrollado un virus hasta ese momento inexistente en el mundo y, aun peor, detrás de este proyecto no había terroristas sino grandes corporaciones que utilizarían el posible éxito de ese emprendimiento para dominar a la población, induciéndola a votar y a consumir todo lo que determinados programas televisivos le ordenara. Para ello tenían un equipo de publicistas sin escrúpulos, los cuales se especializaban en mensajes subliminales. Los mismos consisten en una serie de conceptos que ingresan visual o auditivamente a la parte inconsciente del cerebro del televidente y luego pasan a la parte consciente, creando en la mente de éste la sensación artificial de que ese concepto nació de su propio pensamiento y no de un estímulo externo. El resto es muy simple, los cerebros poblados por esos virus de dominación cerebral inducida (VDCI) no tardarían en ceder ante dicha sugerencia. Ahora bien, ¿de qué manera se colonizarían esos cerebros? Aquí viene lo disparatado del asunto. Durante los últimos años los implantes mamarios se han ido incrementando notablemente; se calcula que en EEUU 3 millones de mujeres ya los tienen. También sabemos que los mismos muchas veces son factibles de filtraciones; una pequeña rotura en la bolsa contenedora libera el fluido dejándolo en contacto con la sangre. Luego la sangre circula por todo el cuerpo, irrigando la totalidad de los órganos, incluido el cerebro. Conocedores de esta situación, estas corporaciones a las cuales les interesa dominar a la población, habrían invertido en empresas fabricantes de estos implantes, introduciendo en el interior de los mismos el omnipotente VDCI. De manera que en pocos años millones de mujeres estadounidenses serian “inducibles” para estas corporaciones. Más teniendo en cuenta que en ese país aproximadamente mil mujeres se colocan implantes diariamente, eso sin contar los que se realizan en el exterior. Por último no debemos ignorar que la mayoría de estas damas son blancas, de clase media hacia arriba y residentes en las principales ciudades del país, es decir pertenecen a la clase dirigente estadounidense. Son profesionales, empresarias, madres, esposas...no seria prudente subestimar la influencia que tienen sobre la sociedad.
Tras oír ese pormenorizado informe había quedado atónito mirando a Paul, mi amigo estadounidense, a la espera de que éste me dijera algo más, algo que doblegara mi escepticismo. Sin embargo, Paul no agregó nada más. Simplemente se limitó a permanecer sentado frente a mí, y bebió otro sorbo de su cerveza. A mí se me cruzaban mil hipótesis por la cabeza; si esta gente conseguía su cometido en EEUU, no pasaría mucho tiempo hasta que extendieran esa influencia al resto del mundo; incluido mi país, la Argentina. Pese a lo absurdo que me había resultado oír esa teoría al principio, comenzaba a tomarla en serio. Quedaríamos a merced de un grupo de inescrupulosos empresarios. Ahora que lo sabíamos debíamos actuar rápido, para impedir que este perverso plan siguiera su curso.”Hay que advertir a las mujeres sobre esto”, le propuse a Paul. El continuó inmutable frente a mí, bebió un sorbo más de cerveza y luego me respondió. ”Algunas ya lo saben, pero no pueden aparecer diciendo esto públicamente porque las tomarían por locas. Nadie les creería. ” ”Entonces no hacen nada”, acoté resignado.”Usan la excusa del cáncer de mama, pero no esta funcionando; cada vez hay mas estudios que echan por tierra la relación entre el cáncer y los implantes”.”¿Y entonces?”.”Y entonces nada. No se puede evitar lo inevitable, así que, para que luchar. La vida puede estar llena de paz cuando dejas de nadar contra la corriente. Después de todo, no están tan mal, las rubias y pelirrojas con el busto grande...”, dijo Paul, y miró en dirección a una mesa cercana a la nuestra. En efecto, había dos mujeres, una rubia, pelirroja la otra, con sendos implantes mamarios. Notaron que las mirábamos y sonrieron, fue allí, en ese momento, que lo entendí. ¿Para qué luchar, para qué nadar contra la corriente, si la suerte del mundo ya esta echada? Y después de todo, lo que nos depara el futuro, no es tan malo.

Saturday, December 06, 2008

Demonios Nocturnos
Luciano S. Doti
Era la madrugada, y no dormía. Estaba cansado, eso sí, pero no había podido conciliar el sueño. Llevaba intentándolo largo rato, dando vueltas en la cama, buscando una posición que facilitara su descanso. Todo era infructuoso. Dormitaba. De vez en cuando caía en un estado de sopor, para luego salir de él dando un respingo. Tenía el cuerpo tenso, especialmente el cuello. Sentía una fuerza opresora sobre el pecho, con algún que otro pinchazo en el corazón. No lograba dejar de prestar atención a cada uno de sus signos vitales; latidos, respiración...Inhalar y exhalar aire por la nariz, con la boca cerrada, lo sumía en ese estado de sopor, de ensueño. Pero allí su mente creaba visiones muy raras: serpientes, luces, figuras fantasmagóricas, etc. Al regresar al estado consciente, encendía la luz del velador junto a la cama, cuyo interruptor tenía al alcance de su mano. Entonces, su mente, en pocos segundos, recuperaba la cordura perdida en el breve lapso que había pasado en lo profundo de ese abismo nocturno. Tras ese segmento temporal de zozobra, a veces volvía a apagar el velador, dejando nuevamente el dormitorio a oscuras. En otras ocasiones, se levantaba de la cama e iba a beber un vaso de agua. Atravesaba descalzo el pasillo y el comedor, y ya en la cocina abría la heladera desde la cual la luz interna de la misma se proyectaba sobre las paredes y el mobiliario del ambiente. Él, sensibilizado como estaba, era invadido por un absurdo temor generado por una supuesta e improbable presencia extraña en el lugar. Se dejaba caer sobre una silla e, inerte, fijaba la vista en el sitio donde supuestamente había visto esa aparición, buscando constatar que allí no hubiera nada; y, en efecto, no lo había. Luego, superado el incidente, regresaba a la cama y retomaba el intento de dormirse.
Algunas de esas noches, tenía sueños alucinógenos en los que se encontraba a un perro, o algo parecido, para hablar con mas propiedad. Era un can negro, pequeño, y poseía un solo ojo. Sí, uno solo. Le ladraba y gruñía con furia. Exhibía su dentadura en modo desafiante, y él no lograba escapar. Enviaba desde su cerebro la orden de abandonar la escena y ponerse a salvo, pero sus piernas, agarrotadas, no le respondían. Por lo tanto, quedaba siempre a su alcance, presa de ese engendro dueño de una mandíbula provista de filosos colmillos que, con un único mordisco, sería capaz de desgarrarle la carne en jirones. Encima, ese ojo, negro en la pupila y amarillo en la cornea, lo observaba. Era como si el órgano visual del perro tuviera la facultad de hipnotizarlo y paralizarlo, dejándolo despojado de toda capacidad de reacción. Permanecía a merced de ese animal hasta que, ya sin ninguna chance de sobrevivir a su inminente ataque, despertaba dando un estertoroso salto, como emergiendo desde una profundidad que no pertenecía a este mundo; un inframundo vedado a la mayoría de los mortales y del cual él, por razón nefasta y desconocida, poseía la clave de acceso gravada en su subconsciente. El susto le duraba unos minutos. Para calmarse encendía la luz una vez más y pensaba acerca de la simbología onírica, en la posibilidad de que esa pesadilla fuera portadora de un mensaje; que fuera una advertencia.
A la mañana, despertaba cansado, sin haber descansado lo necesario. Pese a ello, iba a su trabajo sin problemas. Una vez que se alejaba de la casa, ya nada lo perturbaba. Su día transcurría con total normalidad. Al regresar al hogar, con la noche cubriendo la ciudad, se activaba el efecto que lo atormentaba sin darle un respiro.
Una de esas noches, probó recitar los salmos bíblicos y logró que los cristales de la ventana temblaran peculiarmente. Esto lo condujo a argüir que esos fenómenos paranormales eran producidos por alguna fuerza demoníaca. Fue entonces que relacionó lo que estaba sucediendo con el templo umbanda con el que compartía la medianera. La Biblia era muy clara al condenar la idolatría desde su primer mandamiento: “No tendrás otro dios, porque Yo soy tu único Dios”.
Buscó un bidón de nafta en la cochera, ese que guardaba por las dudas, y roció una parte del templo vecino con su contenido, después encendió un fósforo y lo lanzó sobre el combustible; todo comenzó a arder. Los bomberos llegaron cuando ya se había consumido más de la mitad de la edificación. A él se lo llevó detenido la policía sin que opusiera ninguna resistencia. Estaba seguro de haber hecho lo correcto, y confiaba en que Dios intervendría a favor de su pronto sobreseimiento.